Un estudio de Harvard y la Universidad de Boston revela que las personas optimistas viven un 15% más que las pesimistas. La neurociencia explica cómo el cerebro procesa la esperanza y la actitud ante la vida.
Ante una mala noticia, algunas personas se paralizan. Otras, en cambio, respiran hondo y piensan: ‘algo bueno puede salir de esto’. ¿Qué hace que ciertas personas mantengan la esperanza incluso en contextos adversos? Para la neurociencia, la respuesta es el optimismo, una forma de ser que podría proteger incluso de enfermedades.
Esta disciplina, que estudia el sistema nervioso y el cerebro para comprender cómo funciona ante lo que hace el ser humano, ha demostrado que el optimismo no es solo una actitud aprendida o una frase motivacional. Es, en gran parte, una forma particular en que el cerebro procesa la información, anticipa el futuro y regula las emociones.
En este sentido, se cree que las personas optimistas, alegres y con autoestima alta tienen una mayor capacidad para resistir enfermedades, y no es cuestión de genética ni suerte. Ser optimista o pesimista es un rasgo de personalidad estable, determinado por influencias genéticas y de la primera infancia.
Una persona pesimista, triste o con baja autoestima tiene una producción de anticuerpos reprimida, lo que podría hacer que se enferme más en comparación con una optimista. Según un estudio de la Escuela de Salud Pública de Harvard, la Facultad de Medicina de la Universidad de Boston y el Centro Nacional del Sistema de Salud de Boston, las personas optimistas viven un 15% más que las pesimistas.
El estudio, realizado entre más de 60 mil personas, determinó que los optimistas logran vivir más de 85 años debido a que son más perseverantes y motivados, pueden regular mejor las emociones y tienen hábitos más saludables. El optimismo no es completamente genético; también se aprende y se trabaja.

