En pleno centro de Mendoza, el histórico Pasaje San Martín guarda secretos que han permanecido a la vista de todos durante décadas. Dos extraños mecanismos empotrados en sus muros revelan una tecnología de control que precedió al GPS moderno.
En el corazón de Mendoza, el Pasaje San Martín —a punto de cumplir un siglo— sigue despertando curiosidad. Entre sus vitrales franceses y su imponente cúpula, hay detalles que pasan desapercibidos para la mayoría. Dos aparatos metálicos, embutidos en las paredes, han sido objeto de misterio durante años. ¿Para qué servían? ¿Quién los usaba?
Leonardo Aguilera, encargado del pasaje desde hace tres décadas, ha investigado cada rincón del edificio. “Hemos encontrado hasta siete capas de pintura que muestran los colores de cada época”, explica. Pero lo que más llamó su atención fueron esos dispositivos: “Siempre los vimos, pero un día dijimos: ¿esto qué es?”.
La respuesta está en la historia de la seguridad del edificio. Inaugurado el 11 de noviembre de 1926, el Pasaje San Martín fue el primer edificio en altura de Mendoza, con ocho pisos de hormigón armado. En esa época, las compañías de seguros exigían sistemas de vigilancia sofisticados para otorgar beneficios a los comercios. Así surgió un mecanismo de control de rondas: los guardias nocturnos portaban un reloj portátil de bronce y cuero, similar a una cantimplora, que contenía un disco de papel graduado por horas.
En puntos estratégicos del edificio se instalaron estaciones fijas con llaves encadenadas. Al llegar a cada una, el guardia insertaba la llave en su reloj, accionando un mecanismo que perforaba o estampaba un carácter único en el círculo de papel. De esta forma, se registraba el minuto exacto en que el sereno pasaba por cada lugar. Era una suerte de antepasado mecánico del GPS y las cámaras de seguridad.
El sistema también servía para garantizar que los vigilantes no durmieran durante su turno, en una época en que el silencio nocturno —el “conticinio”— era absoluto. “Vigilar ahí de noche no era sencillo”, recuerda Aguilera. “Había miedo a los temblores, porque el gran terremoto de 1861 aún estaba en la memoria popular”. Además, el pasaje supo ser lugar de encuentros íntimos, y los guardias también debían interrumpir esos “embates amorosos”.
Hoy, esos mecanismos permanecen como testigos mudos de un pasado que aún late entre las paredes del Pasaje San Martín. La próxima vez que camine por allí, mire con atención: quizás descubra un secreto que estuvo siempre frente a sus ojos.

