Una ola de violencia sin precedentes sacude Haití. El líder de una confederación de pandillas ordenó el asesinato de más de 200 personas, en su mayoría ancianos, tras la muerte de su hijo.
El rey Micanor, miembro de Viv Ansanm, la confederación de pandillas que controla Puerto Príncipe, ordenó asesinar a 207 personas durante seis días de diciembre de 2024. La mayoría eran ancianos de su barrio, Wharf Jérémie, a quienes culpó de la muerte de su hijo de seis años, atribuyéndola a prácticas de vudú.
Esta historia forma parte de ‘La caída de Puerto Príncipe’, un proyecto de Dromómanos y Global Initiative. El rey Micanor, autoproclamado último monarca del Caribe, está convencido de que en el área hay hombres lobo, hechiceros ancianos capaces de transfigurarse en animales para atacar por las noches y enfermar a los niños. En respuesta, ordenó a sus huestes salir a cazarlos.
Testimonios de sobrevivientes relatan escenas desgarradoras. Sébastien, de 32 años, vio desde debajo de la cama de su madre cómo dos hombres se la llevaban. Evelyn escuchó a su abuela decir: ‘Que nadie diga nada. Escóndanse todos’, antes de abrir la puerta y ser raptada. Sheila buscó a su abuelo, pero ya era un cadáver. Manú descubrió que a su padre lo desmembraron a machetazos. Dustin recibió dos balas y perdió a su tío y a su primo.
La madrugada del 7 de diciembre de 2024 murió el príncipe Benson Altes, de seis años. Durante seis días, su padre acabó con la vida de 207 personas, la mayoría mayores de 60 años. Los cuerpos fueron desmembrados, quemados o arrojados al mar.
A finales de febrero de 2025, la periodista concertó una cita con Rosie Auguste Ducéna, abogada al frente de la Red Nacional de Defensa de los Derechos Humanos (RNDDH). Moverse por Puerto Príncipe es complicado: el 90% de la capital haitiana lleva más de un año bajo control de Viv Ansanm. Desde el 29 de febrero de 2024, las bandas han tomado barrios, quemado estaciones policiales, escuelas y edificios gubernamentales. El 10% que resiste es defendido por lo poco que queda del Estado, una misión internacional comandada por Kenia, civiles y caudillos locales como el expolicía Samuel Joasil.
Rosie Auguste considera que la masacre es una forma de presión para hacer caer la ciudad más rápido. ‘Terroristas’, les llama. Cree que los señores de la guerra diseñan la estrategia, pero no controlan a los adolescentes que, borrachos de adrenalina, asolan a la población. También señala la pasividad y colusión del Estado haitiano. Su vida está en riesgo por documentar estas barbaries.
La periodista intentó entrevistar a sobrevivientes, pero un periodista local le advirtió que es imposible: entrar a Wharf Jérémie no es opción, ya que el rey Micanor se ha vuelto paranoico y sus hombres también.

