La psicología analiza cómo los adolescentes de los 90, con menos estímulos digitales, desarrollaron una mayor tolerancia al aburrimiento y una capacidad de autorregulación que hoy parece escasa.
La psicología no estudió a «los adolescentes de los 90» como un bloque cerrado, pero sí ofrece pistas sólidas para entender por qué esa generación, criada con más tiempo no estructurado y menos estimulación instantánea, pudo desarrollar una relación distinta con el aburrimiento, la espera y la paciencia.
Distintos trabajos sobre juego libre, tiempo menos estructurado y autorregulación muestran que cuando hay menos intervención externa y menos estímulos permanentes, chicos y adolescentes tienen más oportunidades de practicar el autocontrol, la iniciativa y la capacidad de sostenerse en momentos de baja estimulación.
Para buena parte de quienes atravesaron su adolescencia en los 90, aburrirse no era una falla del sistema ni algo que hubiera que neutralizar en segundos, sino una parte habitual de la vida cotidiana. Desde la psicología, eso puede leerse como un entrenamiento informal: convivir con tiempos muertos, con esperas y con menos opciones inmediatas obligaba a inventar, salir a buscar algo que hacer o simplemente soportar el vacío sin romperlo enseguida.
La Asociación Estadounidense de Psicología subraya que el juego no organizado por adultos ayuda a construir resiliencia, creatividad y vínculos espontáneos entre pares. Una investigación publicada en Frontiers in Psychology encontró que cuanto más tiempo pasaban los chicos en actividades menos estructuradas, mejor era su funcionamiento ejecutivo autodirigido. Otro estudio longitudinal, publicado en Early Childhood Research Quarterly, encontró que el juego libre predice una mejor autorregulación años más tarde.
La psicología también ayuda a entender por qué esa tolerancia hoy parece más escasa. Una revisión publicada en Communications Psychology sostiene que los medios digitales pueden aumentar el aburrimiento al fragmentar la atención, elevar el nivel de estimulación esperado y reducir la sensación de sentido. Cuando todo compite por captar la atención, cada pausa se vuelve más difícil de sostener.
No se trata de idealizar una década, sino de reconocer un contraste: quienes fueron adolescentes en los 90 tuvieron más oportunidades de practicar algo que hoy vale mucho: quedarse un rato sin estímulo inmediato, tolerar la incomodidad y transformar el aburrimiento en iniciativa, juego o conversación real.

