El 1 de mayo de 1926, Henry Ford instauró la semana laboral de cinco días en sus fábricas. La decisión, que redujo la jornada a 40 horas semanales, sentó las bases del modelo laboral que se expandió globalmente.
El 1 de mayo de 1926, el empresario Henry Ford, fundador de Ford Motor Company, anunció la implementación de la semana laboral de cinco días en su complejo fabril. La medida estableció 40 horas de trabajo semanales, reduciendo el máximo de 48 horas fijado por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en 1919.
En un discurso pronunciado esa fecha, Ford afirmó: «El país está preparado para la semana laboral de cinco días. Sin duda, es algo que debería extenderse por toda la industria. […] Es hora de erradicar la idea de que el tiempo libre de los trabajadores es ‘tiempo perdido’ o un privilegio de clase».
La decisión no fue repentina. Ford ya había probado el formato en algunos departamentos. En marzo de 1922, su hijo Edsel Bryant Ford, entonces director de la compañía, escribió en The New York Times que «toda persona necesita más de un día a la semana para descansar y recrearse» y que «Ford siempre ha buscado promover una vida familiar ideal para sus empleados».
Tras su adopción voluntaria por Ford, el sistema se expandió. En Estados Unidos, la jornada laboral semanal se redujo por ley en 1938 a 44 horas y en 1940 a 40 horas. Después de la Segunda Guerra Mundial, el modelo fordista se extendió globalmente, particularmente en Japón y China, según el historiador Paulo Henrique Martínez, profesor de la Universidad Estatal de São Paulo (Unesp).
El abogado laboralista Pedro Maciel explicó que el modelo «comenzó a demostrar una ventaja económica para las empresas, que terminaron difundiendo esta forma de jornada laboral». La competencia concluyó que trabajar menos horas «no significaba ganar menos dinero».
Henry Ford entendió que el progreso debía redundar en beneficios para los trabajadores. En 1914 duplicó el salario mínimo y creó un programa de bonificaciones por productividad. La cadena de montaje, adoptada en 1913 para el Modelo T, redujo el tiempo de producción de 12 horas a poco más de 1 hora y 30 minutos. En su discurso de 1926, Ford reconoció: «Fue el crecimiento de las grandes corporaciones, con su capacidad para utilizar la energía, la maquinaria de vanguardia y reducir el desperdicio de tiempo, materiales y energía humana, lo que permitió la implementación de la jornada laboral de 8 horas».
El historiador Martínez señaló que la motivación de Ford no era meramente humanitaria, sino que respondía a «dos principios rectores»: la organización metódica del trabajo y la promoción del consumo masivo. «Mejores salarios y tiempo libre completaron la fórmula para inducir y generalizar los hábitos de consumo», afirmó.
El abogado laboralista Claudinor Roberto Barbiero, profesor de la Universidad Presbiteriana Mackenzie, indicó que Ford «le dio escala y prestigio industrial al modelo» y que «la práctica dejó de parecer una mera concesión social y comenzó a considerarse una posible estrategia de gestión».
El impacto de la medida se mantiene vigente. El abogado Vietri comentó: «Veo el fin de semana no solo como un período de descanso, sino como un pilar de la dignidad humana y la salud mental del trabajador». Barbiero concluyó: «Ford comprendió que el trabajador con tiempo libre también se convertiría en consumidor. Más tiempo libre significaba más salidas, viajes, compras y, en definitiva, más uso y compra de automóviles».

