Especialistas en crianza analizan cómo la construcción de vínculos de confianza y contención emocional desde los primeros años de vida puede ayudar a proteger a niños y adolescentes frente a situaciones de riesgo.
El asesinato de Agostina Vega, la adolescente de 14 años hallada sin vida en Córdoba, reabrió el debate sobre el rol de la familia en la protección de los adolescentes. Dos especialistas en crianza coincidieron en que la respuesta no pasa únicamente por el control, sino por la construcción de vínculos de confianza, escucha y contención emocional desde los primeros años de vida.
La psicóloga y psicoanalista Déborah Bellota, especialista en maternidad, crianza y familia, y la coach ontológica y puericultora Brenda Tróccoli sostuvieron que la prevención comienza mucho antes de que aparezcan situaciones de riesgo. Ambas remarcaron que la familia cumple un papel central en la formación de la autoestima, la capacidad de pedir ayuda y el desarrollo de herramientas para reconocer relaciones perjudiciales.
Según Bellota, uno de los principales desafíos es identificar señales que muchas veces pasan desapercibidas. Explicó que el aislamiento, el miedo excesivo, los cambios bruscos de conducta, la pérdida de espontaneidad o la necesidad constante de aprobación pueden ser indicadores de que un niño o adolescente está atravesando situaciones complejas. “Muchas veces el sufrimiento aparece disfrazado de sobreadaptación. Hay chicos que no generan conflictos, pero viven permanentemente intentando sobrevivir emocionalmente al entorno que los rodea”, señaló.
Tróccoli coincidió en que no existe una única señal que permita detectar un entorno perjudicial, pero advirtió que determinados comportamientos deben ser observados con atención, como la hipervigilancia, las dificultades para confiar en los adultos, la baja autoestima o la tendencia a agradar constantemente para evitar conflictos. “Muchas veces el sufrimiento infantil no aparece en forma de llanto, sino en forma de adaptación excesiva. Son niños que aprenden a sobrevivir leyendo permanentemente el clima emocional de los adultos que los rodean”, explicó.
Las especialistas destacaron que los primeros vínculos tienen una influencia decisiva en la construcción emocional de las personas. Bellota sostuvo que los adultos que ejercen funciones de cuidado constituyen la primera red de seguridad emocional. “La capacidad de pedir ayuda nace de experiencias repetidas donde el niño descubre que cuando siente miedo, angustia o confusión, hay un adulto disponible que responde”, afirmó. Tróccoli planteó que el autoestima no surge de manera espontánea, sino que se construye a partir de cómo los niños son mirados y acompañados por quienes los cuidan. Cuando las emociones son minimizadas o ridiculizadas, muchos chicos aprenden a callar incluso cuando atraviesan situaciones difíciles.
Las expertas coincidieron en que las familias protectoras no son necesariamente aquellas que ejercen un control permanente. Bellota sostuvo que los principales factores de protección son el pensamiento crítico, el diálogo y la confianza. “Cuando un niño aprende que puede decir ‘no’, desarrolla una herramienta fundamental para cuidarse en otros espacios”, explicó. Para Tróccoli, el vínculo es la principal herramienta preventiva. Destacó el valor de los espacios cotidianos de conversación, la educación emocional, el respeto por los límites corporales y el diálogo sobre consentimiento. “Muchos chicos callan por miedo al castigo o al juicio de sus padres”, advirtió.
Otro de los puntos que resaltaron ambas especialistas es la necesidad de construir relaciones basadas en la confianza. Bellota aseguró que los hijos suelen compartir aquello que sienten que será escuchado. “Con el tiempo dejamos de hablarles a quienes identificamos que no nos escuchan”, señaló. Tróccoli sostuvo que la confianza no aparece de manera automática cuando surge un problema, sino que se construye todos los días. “Muchas veces los adultos decimos que queremos que nuestros hijos nos cuenten todo, pero reaccionamos con enojo cuando finalmente hablan. Eso les enseña silencio, no confianza”, afirmó.
Respecto de los errores más frecuentes de los adultos, ambas coincidieron en que suele subestimarse el significado de determinados cambios de conducta. Bellota cuestionó frases habituales como “son cosas de chicos” y planteó la necesidad de preguntarse qué está ocurriendo detrás de determinadas actitudes. Tróccoli advirtió sobre la tendencia a atribuir todo a una etapa evolutiva, con expresiones como “ya se le va a pasar” o “está llamando la atención”, que pueden impedir detectar situaciones que requieren acompañamiento.
Entre las recomendaciones concretas, Bellota propuso enseñar desde temprano que los límites personales son valiosos, priorizar la confianza por encima del control y prestar atención a los cambios emocionales y vinculares. Tróccoli sumó la importancia de construir vínculos donde hablar sea más importante que obedecer, ejercer una autoridad basada en el respeto y participar activamente de la vida cotidiana de los hijos. Ambas coincidieron en que la prevención no comienza cuando aparece el peligro, sino mucho antes, en la calidad de los vínculos que rodean a niños y adolescentes. Tróccoli agregó que la responsabilidad no puede recaer únicamente sobre las familias y que la protección de niñas, niños y adolescentes requiere también de instituciones y sistemas capaces de acompañar.

