Tres décadas después de un trágico episodio que marcó a la familia Salvatierra, la historia parece repetirse. Un joven es baleado al regresar a su hogar en moto, reviviendo viejos fantasmas.
“Me dispararon”. Una descarga de plomo y horror amplificó en la habitación el sonido que ya se había extinguido afuera. Marisa, la madre, buscó con los ojos y las manos entre las ropas de su hijo lo que no quería encontrar, lo que deseaba olvidar: el rojo delator de la tragedia. Giró a su alrededor, la desesperación hecha atención para no perder detalle, para estar segura de que lo que veía no era una súplica, sino certeza. “Estoy bien”, confirmó el joven y cuando agregó que le habían robado la moto, la frase se perdió en el alivio de sus padres. La reciente víctima buscó sentarse, adueñarse de la estampa confiable de la cocina, de los muebles, de cada uno de los objetos que lo ubicaban en su hogar, lejos de la voracidad de esa tierra que se instaló de repente a las puertas de su casa. Cuando recuperó el aliento, su voz se fortaleció en una revelación. “Lo vi al abuelo”. Recién en ese instante los tres acariciaron la fugacidad de un milagro.
Treinta años antes, la familia Salvatierra ya era reconocida entre las fuerzas policiales. El patriarca, Uldarico, había llevado el uniforme y a dos años de haberse jubilado, cuatro de sus nueve hijos habían continuado su legado. Esos veinticuatro meses lo habían instruido en el aprendizaje de la calma. No más violencia en los recuerdos, no más suspirar de alivio cuando de madrugada llegaba a salvo a su casa. Sus niñas más pequeñas jugaban en la siesta del domingo 22 de enero de 1995, cuando todavía se escuchaban charlas familiares dispersas detrás de algunas ventanas, a pesar de que el barrio se adormecía en el calor y el descanso. Daniel, uno de los hijos de Uldarico, había fumado el último cigarrillo antes del almuerzo, pero como el kiosco quedaba frente a la casa, no había que recorrer muchos pasos para acceder a la tentación. Antes de entrar al comercio, dos chicos de veintitantos años se le adelantaron y lo que sucedió a partir de ese momento fue una vorágine lenta en la memoria, veloz en las acciones. Escuchó los gritos primero y luego vio las armas. La mujer que atendía el kiosco apagó su garganta con la primera amenaza. Lo vieron y aunque Daniel sólo estaba armado de una juventud comparable a la de ellos, estaba en la vereda opuesta de sus intenciones. Hijo de policía, le habían repetido que ante ciertas circunstancias, lo mejor era mantenerse tranquilo y no resistirse, pero a veces el diablo se entromete en los mejores designios. Eran tan cercanos en edad y tan opuestos en sus propósitos, que sólo para probar esa distancia, le dispararon. La primera bala apenas le rozó la cabeza y al instante le apuntaron de nuevo. La mano quedó laxa ante el aguijonazo del dolor. Por la ventana de la casa de los Salvatierra, la madre lo vio caer. No habría prudencia ni miedo que pudiesen detenerla. Cuando los asaltantes la vieron, huían con un magro botín y con la adrenalina convenciéndolos de su inmortalidad. Una bala alcanzó el brazo de la mujer, que cayó en la mitad de la calle sin haber llegado junto a su hijo, la sangre del joven tan dolorosamente lejos de su sangre. La siesta se desfiguró. Detrás de las ventanas se apagaron las voces y se encendieron las alarmas, en el mismo momento en que Salvatierra -que dos años antes había entregado el arma que lo acompañó en sus servicios-, respiró valentía y corrió a apagar el miedo ya no de extraños, sino de los suyos. Algo lo alcanzó. No podía ser así la muerte, tan sin aviso. Las manos se le anudaron a la garganta y supo que la tragedia tenía el mismo color que el de sus manos ensangrentadas. “Así que esto era”, pensaba Salvatierra con los pasos tambaleantes mientras se apoyaba en la pared y sentía que permanecer de pie era imposible. “Así que esto era la vida”, pensó mientras el sol apagaba la brutalidad, la siesta, su desdicha escarlata y suspiraba el alivio de haber llegado, por última vez, a su casa.
No pudo ni quiso desconocer su legado. Hijo y nieto de policías, el uniforme era el único horizonte que tenía su vocación. Pero esa noche de marzo de 2025 era un joven más que volvía a su hogar en moto, las preocupaciones del trabajo borrándose en el viento. Lo estaban siguiendo. El delincuente explicitó en el arma sus intenciones. Hubo un impulso, esos segundos donde la realidad escribe los hilos de una trama impropia. Comenzó a forcejear con el asaltante, que al no tener nada que perder, tampoco le otorgaba ese privilegio a nadie y por eso le disparó. El primer impacto retumbó en el techo de la casa familiar. Sus padres se sobresaltaron por el reconocible sonido. Antes habían escuchado voces ascendentes, ruidos metálicos, una pelea, pero nunca identificaron en esa probable disputa la voz de su hijo, quizá distorsionada por el miedo y el coraje unidos en una extraña simbiosis. Un ciclo siniestro estaba a punto de replicarse, como esas pesadillas que nos atormentan con lo más temible: lo que nos desgarró en la realidad.

