domingo, 10 mayo, 2026

Gabriela Soledad Cruz: dos diagnósticos de cáncer y un mensaje de fortaleza desde Vista Flores

A los 33 años recibió el primer diagnóstico de cáncer de útero. Cinco años después, la enfermedad reapareció con metástasis. Hoy, en tratamiento, comparte su experiencia para visibilizar lo que pocos dicen.

A fines de 2020, la vida de Gabriela Soledad Cruz cambió por completo. Tenía 33 años cuando recibió el diagnóstico: cáncer de útero en el cuello del cérvix. Como le pasa a la mayoría, fue un golpe inesperado, de esos que frenan todo y obligan a reorganizar la vida desde cero. Gabriela vive en Vista Flores, Tunuyán, tiene 38 años y recuerda ese momento como el inicio de un proceso duro, pero también transformador. Con el tiempo, logró atravesar tratamientos, sostenerse y volver a acomodar su vida.

Sin embargo, cuando parecía que esa etapa había quedado atrás, llegó una noticia que volvió a sacudir todo. En 2025, el cáncer reapareció. Esta vez con metástasis, rozando el pulmón y alojándose en la tráquea y la línea media. “El segundo diagnóstico fue un golpe muy fuerte, distinto al primero. Sentí miedo, angustia y también mucha bronca, como si tuviera que empezar de nuevo algo que ya había atravesado”, cuenta. Esa sensación de volver a transitar lo mismo no es fácil de explicar. No es sólo el miedo a la enfermedad, sino también la carga emocional de repetir una experiencia que ya había dejado marcas. Al mismo tiempo, hubo algo que cambió respecto a la primera vez. “Ya sabía lo que venía y eso me dio una mezcla rara entre temor y fortaleza. No fue más fácil, pero sí más consciente. Sabía que iba a ser más duro, pero también sabía que podía volver a enfrentarlo”, explica.

Hoy Gabriela está en tratamiento con inmunoterapia, que incluye la aplicación de anticuerpos para prevenir el avance de la enfermedad. Su presente es otro, más estable, con controles y seguimiento, pero también con una mirada distinta. “Rodearse de un entorno que sea amoroso y comprensivo es clave”, dice. En ese recorrido, hay algo que para ella fue clave: entender que no podía con todo. “Lo que más me ayudó fue entender que no tenía que poder con todo todo el tiempo. Aceptar la ayuda hizo una diferencia enorme”. En ese punto, destaca el acompañamiento de su psicóloga, Gianina Maschi, como un sostén importante durante el proceso. Poder hablar, sin filtros, sin tener que mostrarse fuerte todo el tiempo, fue parte de lo que le permitió atravesar los momentos más difíciles. También fue fundamental el entorno. Rodearse de personas que realmente acompañan, que están presentes y sostienen en lo cotidiano. Pero además hubo algo más simple, que terminó siendo igual de importante. “Me aferré a pequeñas cosas cotidianas que me daban un poco de paz en medio de tanto ruido. Aprendí a escuchar mi cuerpo, a respetar mis tiempos, a no exigirme ser fuerte siempre”, cuenta.

Esa idea aparece varias veces en su relato: la de redefinir qué significa ser fuerte. “Ser fuerte también es permitirse caer y volver a levantarse de a poco”, dice. Muchas veces se espera que quienes atraviesan una enfermedad se muestren siempre positivos o enteros, pero Gabriela plantea otra mirada, más real. “Hay muchas cosas del cáncer que casi no se dicen. Yo elijo visibilizarlas. No siempre es ser fuerte ni positiva. Hay días en los que me gana el miedo, el enojo o el cansancio, y eso está bien”, afirma. Esa sinceridad es parte del mensaje que hoy quiere compartir. Porque el cáncer no es sólo lo que pasa durante el tratamiento. También está todo lo que viene después. “No todo termina cuando pasa lo peor. Quedan marcas, controles, miedos que siguen ahí. A veces duele más la soledad o el silencio que la enfermedad en sí”, agrega. Hablar de eso, para ella, es necesario. Poner en palabras lo que muchas veces se vive en silencio.

En ese proceso también hubo aprendizajes. “Aprendí a valorar lo simple, a abrazar más fuerte y a descubrir una fortaleza que no sabía que tenía”, dice. Esa transformación no borra lo vivido, pero sí cambia la forma de enfrentarlo. Hoy, cuando piensa en otras personas que están atravesando una situación similar, su mensaje es claro y cercano. “A alguien que está pasando por lo mismo le diría que no está solo o sola, aunque a veces se sienta así. Que cada proceso es único, que está bien tener días buenos y días difíciles”. También insiste en la importancia de no guardarse lo que pasa, de poder hablar y apoyarse en otros. “Que se trate con la misma paciencia y amor con la que trataría a alguien que ama”, agrega. Gabriela no habla desde un lugar teórico sino que habla desde lo que le tocó vivir, con todo lo que eso implica: momentos de miedo, de bronca, de cansancio, pero también de aprendizaje. Gabriela está convencida de que puede superar el segundo golpe. Su historia no busca dar lecciones ni mostrarse perfecta. Tiene más que ver con compartir lo que le pasó, con decir que hay cosas que duelen, que cuestan, pero que también se pueden atravesar.

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