Ante la aparición de grafitis intimidatorios en establecimientos educativos, los celadores asumen un rol clave en la prevención y detección de señales de alerta en la provincia.
No están frente al aula ni suelen ser quienes toman la palabra, pero en estos días se volvieron una pieza central dentro de las escuelas. Los celadores, esos trabajadores que recorren pasillos, abren puertas y sostienen la rutina silenciosa de cada jornada, hoy cumplen un rol que excede lo habitual: detectar, prevenir y alertar frente a un fenómeno que encendió alarmas en Mendoza: la aparición de grafitis con amenazas dentro de los establecimientos educativos.
En la Escuela 1-667 Tierra de Huarpes, ubicada en Buena Nueva, Guaymallén, en el corazón del Barrio Paraguay, el impacto no llegó en forma de hecho concreto, sino como una señal preventiva que obligó a modificar hábitos cotidianos. Allí no hubo mensajes intimidatorios como en otros colegios, pero las directivas fueron claras y se aplican desde hace días con rigurosidad. «Nuestra función es revisar y controlar paredes, patios y baños en cada recreo», indicó Karina Quiroga, celadora de la Escuela Tierra de Huarpes.
El edificio, sencillo, con galerías abiertas y un patio que funciona como punto de encuentro para chicos de nivel inicial y primario, hoy también es recorrido con otra mirada. No solo se controla el orden o la limpieza: se buscan señales. Karina Quiroga, celadora del turno mañana, lo cuenta sin vueltas, con esa mezcla de naturalidad y responsabilidad que implica haber incorporado una nueva tarea dentro de la rutina. «Hoy en día nosotros como celadores acá en mi escuela, las normativas que nos dieron fueron revisar los baños en cada recreo, lo que serían puertas, paredes… después, al finalizar la jornada, revisar en cada aula que no haya nada escrito sobre amenazas y todo tipo de cosas. Si llegamos a encontrar algo tenemos que alertar a dirección lo que está pasando», explica.
La escena se repite varias veces por día, casi como un protocolo silencioso: suena el timbre, salen los chicos, y mientras el patio se llena de movimiento, alguien recorre los baños, observa las paredes, chequea puertas, mira con atención. Al terminar la jornada, el circuito se repite aula por aula. Es prevención. «Gracias a Dios acá en mi escuela no ha pasado nada», aclara Karina, aunque enseguida marca una diferencia que expone el trasfondo del problema. «Miedo no tenemos lo que es adentro del establecimiento… ya afuera sería otra cosa», dice, dejando entrever que el contexto social no siempre acompaña, pero que puertas adentro todavía se sostiene una cierta calma.
En Tierra de Huarpes, donde asisten chicos en un contexto de vulnerabilidad, el vínculo cotidiano parece ser, por ahora, un factor de contención. «Dentro de todo los chicos de acá son tranquilos», señala, y agrega que si bien encontraron escritos en paredes o bancos, ninguno estuvo vinculado a amenazas. El trabajo docente también aparece como un sostén clave. «Más que nada los docentes hablan con ellos sobre el tema», cuenta, en una estrategia que apunta no solo a controlar, sino a generar conciencia.
Sin embargo, en otros puntos de la provincia la situación escaló un poco más y obligó a activar protocolos completos. Uno de los casos más recientes fue el del Colegio San José de los Hermanos Maristas, donde un mensaje escrito en el baño encendió todas las alarmas y derivó en medidas inmediatas. Según comunicaron las autoridades a las familias, «sobre el final de la jornada, un preceptor toma conocimiento de que en el baño de varones hay una inscripción visiblemente escrita en caracteres rojos que dice ‘Lunes 27 mueren todos'». A partir de ese momento, se activaron los pasos previstos por la normativa de la Provincia de Mendoza y la Red de Escuelas Maristas, se dio intervención a la Supervisión Pedagógica, se convocó a las fuerzas policiales y se radicó la denuncia en Fiscalía.
El impacto fue inmediato. Aunque no se trató de un hecho concreto, la sola presencia del mensaje generó preocupación en toda la comunidad educativa y obligó a reforzar las medidas de seguridad. Durante los días siguientes, se dispuso presencia policial en el colegio y se establecieron controles estrictos en el ingreso de los estudiantes, quienes debieron asistir únicamente con carpeta y cartuchera, sin mochilas ni bolsos. Incluso la vianda para el almuerzo debió ser llevada en bolsas transparentes identificadas.
El representante legal del colegio San José de los Hermanos Maristas lamentó que la situación haya derivado en suspender actividades, como la presentación de los buzos. En ese contexto, y con el objetivo de evitar situaciones fuera de lo habitual, también se tomó la decisión de suspender la presentación de los buzos de egresados, una de las actividades más esperadas por los alumnos de los últimos años. Lo que suele ser un momento de celebración quedó en pausa, reflejando el nivel de alerta que atraviesan hoy muchas instituciones.
Más allá de las medidas concretas, el propio comunicado del colegio dejó planteada una mirada que invita a ir más allá de la reacción inmediata. «Es fundamental que niñas, niños, adolescentes y toda la comunidad educativa comprendan la importancia de la convivencia y el respeto», señalaron desde la institución, en un llamado a la reflexión colectiva.

