Graciela Batticuore rescata la «lengua rota» por la emigración forzada y el destierro de nuestros antepasados italianos

Graciela Batticuore tiene una marca de origen, profunda, intensa, ligada a un país tan lejano y tan próximo como Italia.

Tan próximo por el curso de sangre que lleva, en remontada, hasta aquellas tierras. Por lo modos, los acentos, los rictus que su historia familiar le devuelve en el espejo.

Tan lejano, a su vez, porque aquel afluente baja desde Castropignano, un pueblo montado en casas de piedra, entre colinas, que parece aletargado en sus costumbres medievales y en su ruralidad.

Esta materia conforma la materia central de Música materna, historia, novelada, de la inmigración italiana en los tiempos amargos de la Segunda Guerra Mundial, según el relato fidedigno, emotivo, de su madre María.

Un libro que cierra el fresco iniciado con Marea y La caracola.

Es la Batticuore escritora y ficcional, que se complementa con la poeta de los primeros tiempos y la investigadora del Conicet premiada por su ensayo La mujer romántica.

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Graciela Batticuore con Música Materna.

Graciela Batticuore con Música Materna.

-A ustedes los investigadores les debe dar algo de pudor cuando vuelcan sobre el papel cuestiones de su historia personal, ¿no, Graciela?

-Sí. Eso me viene pasando (ríe).

-¿Desde cuándo?

-Me pasó al principio, cuando empecé a escribir, primero, poesía. Mis primeros libros por fuera de la vida ensayística y académica fueron de poesía. Después empecé a publicar narrativa, novelas.

-¿Y cómo ubicás Música materna en ese derrotero?

-Esta, como vos decías, es la novela quizá más profunda, más personal. En fin… involucra muchas cosas. Pero, por suerte, la ficción está ahí pues ayuda a poder trabajar estas distintas materias que vienen de lo autobiográfico, pero que se procesan, se elaboran literariamente. Eso da, también, un poco de vuelo.

-Son muy significativos tus agradecimientos al final del libro, entre ellos, el dedicado a tu madre, María Macoretta, “por el recóndito hilo de su voz”. Esto es clave porque todo el relato pertenece a la propia María, hablando en primerísima persona. ¿Cómo hiciste el hilado de la novela?

-Hubo ahí, precisamente, un largo proceso que implicó la toma de varias decisiones, desde que nació la idea de esta novela.

-¿Decisiones de qué tipo?

-Pensándolo ahora en retrospectiva, medio fue apareciendo solo, como a veces pasa con las escrituras literarias, racionales, el personaje de la madre. Esta es la novela de la madre, podríamos decir.

-Sí, desde el mismo título.

-Claro porque, como vos decís, habla la madre. Habla la madre italiana. Habla la madre de Nina, que es un personaje de otras novelas anteriores, Marea y La caracola.

-Con un rol no protagónico en aquellas.

-Este personaje estaba en un segundo plano en esas otras novelas. Y de pronto se me fue poniendo a mí en primer plano. Por supuesto, lo que está también en tu pregunta es que el personaje viene de la realidad y efectivamente está muy inspirado en ella. Trabajé con la voz de mi madre en la vida real, como agradezco ahí por eso mismo.

-¿Qué carácter tuvo ese trabajo?

-Trabajé durante un tiempo largo. No sé, creo que durante más de un año hice grabaciones. Hablaba, tuve conversaciones con mi mamá. O le hacía preguntas.

-¿Pero cómo era la mecánica?

-A veces le hacía preguntas, otras veces grababa en situaciones de la vida. Por ejemplo, cuando estábamos comiendo. Por supuesto, yo conozco bien la voz de mi madre. Aunque no la grabe es como una respiración que está ahí, como pasa siempre. Creo que nos pasa a todos con esa voz que nos es tan propia.

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Graciela Batticuore.

Graciela Batticuore.

-¿Qué te dio esa voz?

-La voz de mi madre traía mucha historia atrás. Mucha historia de otras partes, de otros lugares y de otros tiempos.

-¿De qué lugares?

-De esa Italia de la que vino. Es la Italia de los años cuarenta, de cuando ella, más o menos, tiene memoria. Es la Italia de la Segunda Guerra Mundial, la del fascismo. Es también una voz algo mezclada con todo lo que implica emigrar, con todo lo que implica arraigarse a una nueva tierra, un poco de manera forzada, por necesidad.

-Todo esto, por supuesto, no te era ajeno.

-Eso siempre estuvo en mi vida, siempre fue algo que me acompañó, no solamente por mi madre sino porque frecuenté a muchísima gente de la comunidad italiana.

-Era tu entorno…

-Claro, mi mamá es italiana, mi papá también, mis cuatro abuelos, mis tíos, mis padrinos. En fin, todos. Por lo tanto, era algo que me resultaba realmente, no solo familiar, sino que lo tenía muy adentro.

-¿Y qué pasó para que todo ese bagaje se transformara en otra cosa?

-De pronto surgió esta aparición, esta idea. Y empecé a trabajar, por un lado, con esa voz, con la memoria de mi madre. Pero también hice algunos viajes. Los que pude. A veces aprovechando tareas académicas.

-¿Con qué te topaste en esos periplos?

-Fui al pueblo de mis padres, donde escuché otras voces también.

-A Castropignano, en Campobasso, que es una zona mediterránea, ubicada en el centro de la bota, un poco hacia al sur, ¿no?

-Sí. Pertenece a la región del Molise, cuya capital es Campobasso. Es uno de los tantos pueblitos pequeños y hermosos de esa localidad, que es una es una región de Italia muy interesante.

-¿De qué tipo? Por acá se conoce poco.

-Es una región no protagónica, bastante silenciosa, marcada por la cultura del campesinado, de la tierra, llena de colinas. El pueblo está arriba de una colina. Es un pueblo de piedra y de casas de piedra, donde ha quedado una población bastante escasa.

-Es de esos pueblos típicos de este tiempo que se van quedando sin habitantes.

-Exacto. Ahora, como en Argentina estamos viviendo cosas también tan fuertes, que, si bien no son una guerra, y hay necesidades que provocan tantas dificultades, aparecen esos imaginarios de irse a vivir afuera. O sea, aparece esta coincidencia al revés, la de un pueblo de Italia que se promociona para ir a vivir, con casas que se venden por un euro, etcétera.

-Sí, aparece, en los papeles, como una especie de cuento de hadas.

-Pero después, en realidad, no es tan así, porque, digamos, las casas hay que restaurarlas y esas cosas.

-¿A vos cómo te tocó, en lo personal, ese contacto?

-Para mí, que trabajé mucho sobre el tema, que visité el lugar y que toda mi vida lo tuve en el horizonte, de pronto que suceda esto es como mágico. Es como si, de repente, en el tiempo, la cosa se invirtiera y apareciera un imaginario al revés. Pero, a su vez, el lugar necesita habitantes porque los jóvenes se van a otros lugares. En fin, son estas historias que se repiten, con variantes, por supuesto, propias de la época y de las dificultades de las personas.

-Esto de ofrecer un pueblo medio vacío pareciera ser un fenómeno muy de Italia y de España. ¿En otras partes de Europa se repite la situación?

-Cada tanto aparece, con otros ingredientes. Hace poco, creo, había algo en Suecia; en sitios como más lujosos, podríamos decir. No es este el caso. Son lugares que tienen que ver con un mundo más artesanal, más vinculado a lo primigenio, al trabajo con la tierra.

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Música Materna, La Caracola y Marea, libros de Graciela.

Música Materna, La Caracola y Marea, libros de Graciela.

-Que es el mundo de base de tu historia.

-Es el mundo del campesinado que aparece en la novela. Y yo misma, por suerte, puse el oído. Puse el oído a cosas de las que siempre había escuchado hablar, pero no les había prestado tanta atención.

-¿Por qué?

-En parte por estar muy… no sé si contaminada, pero sí, por momentos, para decirlo sinceramente, asfixiada por estas historias que se escuchaban permanentemente.

-¿Qué te pasaba, en concreto?

-Lo que yo quería, cuando era joven, era más bien sustraerme de sus historias, de las vides, de los italianos que habían venido con tanto esfuerzo y trabajo.

-¿Qué te dejaron, en suma, tus abuelos italianos? Por otro lado, ¿vos te irías a vivir a ese pueblo de tus ancestros o solo te gusta ir de visita nada más?

-Linda pregunta. No. Pero no es que no me iría a vivir a Castropignano. Me parece que no me iría a vivir a otra parte del mundo, porque a mí me gusta vivir en donde vivo, me gusta Argentina, a pesar de todo. Pertenezco a este lugar completamente, culturalmente. Me siento de acá.

-Pero te tira el afuera.

-Sí, por supuesto, me gustaría viajar. Me gustaría ir muchas veces. Me gustaría ir a pasar un par de meses. Siempre fui poco tiempo, por los compromisos de mi vida tanto familiar como laboral.

-¿Por qué motivo volverías?

-Tengo ganas de volver ahí y quedarme un tiempo para hacer otras investigaciones.

-Nos mandan mensajes algunas oyentes con familiares italianos, entre ellas Graciela, que dice: “Me hizo acordar a mi abuela Elisa, que vino de Campobasso. ¡Una historia para una serie de Netflix!”.

-(Ríe) ¡Ni me lo digas porque se me cruzó mucho por la cabeza! Sobre todo, porque el efecto de la novela, ahora que está terminada, es muy visual. La memoria del personaje, la voz, encarnan en muchos episodios visuales.

-¿Con cuáles aspectos?

-Hay muchos ingredientes, muchos episodios que tienen que ver con la vida de las mujeres, en gran medida. Por ejemplo, la guerra, el mundo del trabajo, el campesinado, la maternidad. Por supuesto, yo no soy objetiva con todo eso, porque me fascina.

-¿Y de qué manera le terminaste de sacar partido?

-Algo que me pasó, muy personal, es que pude recuperar en una clave familiar y social también, muchas de las cosas que estudié durante muchos años, en relación, justamente, con el mundo de las mujeres, de las escritoras, de las letradas. Eso va por otra vía, pero, bueno, se me juntaron las pasiones.

-Algo llama poderosamente la atención. Si vos no mencionaras expresamente las fechas del relato, parecería una historia casi medieval: madre e hija caminan casi todo un día para llegar a Campobasso, no hay transporte, las mujeres se ven obligadas a estar en la casa sin posibilidades de trabajar y estudiar, etcétera.

– Sí, totalmente. Es así como lo decís. Me hiciste acordar ahora de una teórica italiana, feminista, muy conocida por la gente que hace estudios sobre la materia, Silvia Federici. Ella trabajó mucho sobre este periodo.

-¿Dónde pone el acento, en relación a lo que venimos hablando?

-Estudia, precisamente, cómo era la vida de las mujeres y la relación con el capitalismo y con el campesinado. Y es tal cual lo que vos decís. Al principio me sorprendió y me fascinó.

-¿Por qué?

-Se juntan muchas cosas: la cultura de la tierra, el mundo de los campesinos; o sea, el vivir de la tierra y la vida de las mujeres en esos espacios. Es como si el tiempo se detuviera un poco más en las ciudades.

-Sí, pero, al menos en Castropignano, era todo muy rural. Estaban rodeados de animales, iban a cosechar el trigo y esas cosas. No pareciera que estamos hablando de solo setenta años atrás.

-Claro. Y te mencionaba los estudios porque lo interesante es la persistencia de todo eso. La convivencia, la persistencia de ciertas culturas, costumbres; de distintos tiempos, a veces, en una misma época. Y cuando digo los tiempos estoy diciendo las formas de vivir, de trabajar, de maternar, de casarse, etcétera, conviven.

-¿De qué modo?

-Es decir, mientras en otros lados están pasando cosas mucho más actuales, que son las que nosotros tenemos en nuestro imaginario, porque también somos lectores, somos lectoras, somos personas de esta época, entre comillas, más moderna. Aun así, ese tiempo también era una época moderna, era comienzos del siglo XX, no el siglo XVI, como decías. Sin embargo, la persistencia de ciertas costumbres, en ciertos lugares, era real.

-Sobre este otro andamiaje es donde también se asienta tu novela.

-En ese punto la novela es realista. Digamos, si bien hay elementos ficcionales, porque por eso es una novela, trabajé con testimonios, no solo de mi madre, sino que estuve en el lugar, escuché otras voces, hice entrevistas a mujeres grandes, muy grandes.

-¿Grandes cómo?

-Una de las veces que fui entrevisté a una mujer de 104 años. Me gustó también ver esa convivencia entre los jóvenes, muchos de los cuales se van del pueblo a estudiar a las ciudades. Y esas mujeres que siguen hablando, incluso, un dialecto, que también es temporal.

-Eso queda muy claramente expresado en tu escritura.

-Eso es otro gran tema de la novela, la lengua.

-Exacto. La lengua es gran protagonista de tu libro. Aquí surgen comparaciones con otras manifestaciones más contemporáneas como, por ejemplo, los libros de Elena Ferrante y las series derivadas de ellos como La amiga estupenda.

-¡Que me encantan!

-Otro ejemplo, más cercano en el tiempo, todavía, es la serie Las buenas madres, centrada en el hostigamiento que padecen las mujeres de la mafia calabresa, la Ndrangheta.

-Es que lo arcaico persiste y la cultura que cruza lo patriarcal con el poder y el dinero, en diferentes épocas y escenarios, se vale de esa función social de las mujeres atadas a la maternidad por destino “natural”. Eso vuelve de muchas formas, en diferentes épocas

-Ahí se ve, por lo tanto, en esos ámbitos, al menos, que las mujeres siguen estando tan sometidas como en los tiempos más antiguos.

-Completamente. Sí. ¿Pero vos no creés que hay incrustaciones, cristalizaciones, de esa forma de vivir o de esa ideología, que todavía, incluso, nos atraviesan?

-De acuerdo.

-El mundo no es parejo. La vida no es pareja. No es homogénea. Aún hoy se siguen pidiendo derechos, aunque algunas voces digan que las mujeres ya los tienen todos. Sin embargo, hablamos de cosas atroces que siguen sucediendo.

-Ok. Pero sigue sorprendiendo esa persistencia de costumbres arcaicas en un país como Italia, que está en el corazón de Europa, en el primer mundo. No estamos hablando de países islámicos donde la situación de la mujer es otra.

-Pero, insisto, las culturas conviven. Además, Italia tiene muchos regionalismos. No soy experta para nada en eso, pero, hasta donde yo sé, hablando también con amigos que viven allí, con gente, incluso, de mi generación, Italia es muy híbrida en las culturas y en las historias culturales de sus regiones. Por otra parte, no es lo mismo vivir en las ciudades que en los pueblos donde hay una vida vinculada a la cultura de la tierra.

-Justamente, el hecho de habitar en esos pueblos es muy distinto, en materia de costumbres más antiguas, que si te vas a Roma o a Milán, ¿no?

-Sí, pero yo, incluso, te puedo decir algo más. Yo nací en Argentina. Mi madre es italiana, nació en ese lugar y te puedo asegurar que yo siempre crecí con un sentimiento interno de anacronismo muy grande respecto de cómo era mi propia casa italiana y mi propia madre. Creo que la novela es también producto de eso.

-Tu mamá y su entorno son determinantes.

-No solo mi mamá. Estaba su lengua, la lengua de mis tías. También en su idiosincrasia y en el imaginario o en las normas, en la normativa moral de la familia. Seguían creyendo, viviendo y valorizando o rindiéndoles culto a ciertas formas de vida.

-¿Para todos era igual?

-Para las mujeres era propio del mundo en el que ellas nacieron. Y ese mundo y ese espacio también cambian. Es decir, la Italia que recuerda mi mamá.

-¿Cómo fue para ella venir a la Argentina?

-La gente que emigra se queda mucho con la idea de que viene de una determinada cultura. Mi mamá, al igual que el personaje de la novela, no se pudo escolarizar porque la guerra, cuando iba a empezar, interrumpió su camino. La guerra y muchas otras desgracias.

-¿Cómo le terminó impactando todo eso?

-Es una mujer que emigra y que se queda. Su identidad se constituye en esa experiencia vinculada a los valores del mundo en el que ella nació. Y así vivió el resto de su vida, con la añoranza de ese mundo perdido, con las características que tenía.

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-Volviendo a lo del lenguaje en el que está escrito tu libro, porque es muy importante, has hecho una transcripción oral, mezclando palabras en italiano, en cocoliche, con permanente repeticiones, como suele ser en el habla cotidiana, ¿no?

-Te agradezco la pregunta y el comentario porque quiero decir que para mí no hay cocoliche en la novela.

-¿En qué sentido lo decís?

-El cocoliche es algo problemático para mí. Como asignatura, ha sido, prácticamente, creo yo, una suerte de disminución del otro, de ridiculizarlo, de ridiculizar su lengua, de segregarlo.

-¿Entonces cuál fue la intencionalidad?

-Lo que yo no quería era que hubiera cocoliche. Y, efectivamente, incorporo ciertos términos. No tantos y con mucho cuidado. Al menos eso es lo que intenté, más allá de lo que resultó.

-¿Apuntando adónde?

-Lo que quiero, justamente, es rescatar esa identidad, pero valorizarla.

-Pero lo sobresaliente es que le da color al relato. Por ejemplo, cuando alguien dice vaffanculo, eso lo entendemos todos y no hay una expresión mejor para determinadas circunstancias.

-Tal cual. Pero es la extrapolación de un término, una incorporación, una integración que tienen que ver con la idiosincrasia del personaje. En cuanto a la lengua, a la matriz de esta novela, es decir, no solo a la lengua en función de los términos que entran, para mí lo más importante está en las sintaxis.

-Explicanos.

-El orden de las frases es el orden del pensamiento de esa mujer y, también, el modo de adecuarse a un mundo en el que tiene que usar otra gramática. Las frases, a veces, están armadas como con otro orden respecto de cómo usamos el español.

-Sí. Todo un ideario narrativo, en este caso.

-Al menos yo busqué que esa lengua, que es una lengua desarraigada y rota, en el sentido de que viene de la emigración forzada, del destierro, fuera también una lengua poética. O sea, poetizar esa lengua que había sido tan denostada, sobre todo, en las primeras narrativas de inmigrantes como, por ejemplo, la de Eugenio Cambaceres en el siglo XIX. Él hace aparecer una lengua, por momentos, bestial. Yo no quería hacer un bestiario sino una poética de esa lengua.

-Graciela, ha sido un gusto volver a charlar con vos este año, después de La mujer romántica.

-Te agradezco mucho la nota, por segunda vez. Es muy lindo el programa. Y, sobre todo, te quiero agradecer la atención que les dan a los libros. Efectivamente los leen y, entonces, la entrevista es más verdadera.

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