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Mundos íntimos. Soy gay, de un pueblo. No confesé mi primer amor. Temí mostrarme. Pero cuando lo hice, recibí buenas ondas

Nací en 1969 en un pueblo de Corrientes, un pequeño pueblo al sur de la provincia llamado Mocoretá, pueblo de calles de ripio, fresnos en las veredas y el río que nos acuna aún hoy. Familia humilde, mi padre trabajaba en un aserradero y mi madre vendía empanadas, desde que tengo memoria, curandera de animales y de empacho, sacaduras y de mal de aire. Dos hermanos, mi hermana mayor y mi hermano menor. Infancia feliz, rodeada de mis seres amados, abuelos, tíos, primos y los duendes con los que nos criamos, los duendes de la siesta, de los ceibos, del agua. Niñez feliz con amigos y amigas jugando en las calles, andando en bicicleta, escapándonos a la hora de dormir.

Desde pequeño amaba las ropas de mi hermana, sus muñecas, sus jueguitos de té. Amaba también los vestidos vaporosos de mi madre, sus sandalias, sus alhajas. Me vestía de novia en la siesta, con esas flores blancas y perfumadas que harían de coronita, una sábana blanca era mi vestido y la alegría era mi marca. Mis padres nunca objetaron mis juegos, ni mis disfraces, ni mi manera de ir creciendo.

Fui creciendo. En la escuela primaria amaba los colores, jugar a la mancha y a las escondidas, jugar a la rayuela y al gallito ciego y aunque era el más pequeño de mi clase siempre de alguna manera sobresalía o bailando, o cantando o actuando en los actos escolares. Las maestras, en esa época no recuerdo existieran los maestros, eran -como se decía- mis otras madres, siempre contenedoras, amorosas, respetuosas. No me gustaba jugar al fútbol y jamás lo hice.

23 años. Cerca de esa edad Gustavo Tisocco se animó a decir quién era.

Fui creciendo y empecé la secundaria. Tiempo de los mejores amigos esa época de estudiante y el primer cigarrillo, los primeros bailes, los primeros cumpleaños de 15 y el primer amor. Mi primer amor fue una revelación. Hasta ahí, yo no sabía de atracción hacia ningún sexo, no sabía de heterosexualidad u homosexualidad. Pero me llegó el amor y era otro hombre. Entonces por primera vez tuve miedo, me sentía solo, me sentía oscuro. Amor prohibido pensaba, un amor que no estaba bien y un amor secreto, tan secreto que a quien amaba nunca se lo pude decir, jamás él se enteró y entonces aprendí de la tristeza. Acá por primera vez apareció la poesía en mi vida, escribir era una forma de volar, de escaparme, de sobrevivir, de no sentirme solo. Y no era que mis compañeros y compañeras o el entorno me discriminaran, no creo tampoco que supieran lo que me estaba pasando, lo que estaba sintiendo, pero cuando se es pequeño, más en los años ochenta, uno creaba sus propios monstruos, sus propias inseguridades, sus miedos. Pero nunca jamás me sentí aislado o dejado de lado por mi círculo de amigos y amigas.

Neonatólogo. Gustavo Tisocco dice que en su profesión nunca se sintió discriminado.

Y por otras muchas razones, reitero era feliz y disfruté esa época amando sin ser amado, pero muy querido por quienes me rodeaban. Pienso ahora, que podría haber contado antes de mi sexualidad, no hubiera habido ningún conflicto, al contrario, pero como digo uno en la adolescencia a veces se crea sus propios fantasmas.

Volviendo a mi primer amor, amar a quien uno piensa es prohibido, es difícil en la adolescencia. Por primera vez me sentí aterrado. Sentía temor de ser descubierto y que quienes me rodeaban, familiares, amigas y amigos, me dejaran de querer si descubrían lo que yo hasta ahí sentía que era pecado, que era algo que no estaba bien y como digo más arriba eran fabulaciones de juventud. Y así transcurrí esa época, aunque muy feliz por muchas otras razones, amando sin que nadie lo supiera, deseando sin ser deseado y ocultando siempre mis sentimientos.

También me hubiese gustado ser reina en primavera, subirme a la carroza de las épocas de estudiante, llevar una corona brillante y la sonrisa amplia y pura, pero no se podía, o creía que no.

Y llegó la facultad en 1987. Llegó la independencia, la rebeldía, seguía fumando y conocí compañeras y compañeros nuevos. El amor, a quien amaba en la secundaria siempre intacto, siempre oculto, siempre doloroso. Época de facultad, de vivir en pensiones, vivir con lo mínimo que mis padres me podían mandar. Mi madre seguía vendiendo empanadas, mi padre ya jubilado: llegar a fin de mes era difícil para ellos, así que imaginen que me ayudaban con todo lo que podían, con todo lo que podían y más y así me pagaba la pensión y la comida y a veces igual no alcanzaba, pero era muy dichoso.

Empecé, además de estudiar medicina, a vender osos de peluche en las plazas, empanadas yo también, libros y con ello llegaba mejor a fin de mes. Época en que no existían celulares, ni mensajes de textos ni redes sociales y recibir una carta de los seres amados era la gloria, pero era una vez por mes. Todo, sin embargo, es crecimiento, madurez y como digo libertad. Acá permaneció, además, la poesía con más fuerza.

Después me recibí. Pero debía perseguir mi sueño y ese era ser pediatra/neonatólogo así que me vine a vivir a Buenos Aires en 1995. Pleno auge de la liberación de los grupos LGTBQI+. Comencé mi especialidad en el hermoso Casa Cuna y ahí algo en mí se modificó y por primera vez le comencé a contar a mis nuevos compañeros que era gay. La aceptación fue total. El cariño y el respeto de ellas y ellos jamás lo olvidaré, me aceptaban como era y empecé a pensar que entonces mi sexualidad no estaba tan mal. Y llegaron las salidas, los primeros boliches gay, los pubs, conocer gente que se percibía como yo y que tenía los mismos temores, las mismas tristezas y alegrías. Y vino la primera marcha del orgullo, y esas ansias de libertad, de defender lo que uno era y sentía. Y vino mi segundo amor.

Con este nuevo amor nos conocimos bailando y al otro día él me llevó a conocer a su familia. Momento crucial en mi vida. Siempre recordaré a esos padres, a esa familia amando a su hijo y aceptándome como un hijo más. Y vino la decisión de hablar con mis padres.

Fue en 1995 un 25 de diciembre que viajé a mi pueblo, reuní a mis padres, hermano y hermana y a mis cuñados. Temblaba, juro que temblaba como un perro en la lluvia, pero me animé a confesar a mis seres amados que era gay y que estaba en pareja. Esto que diré fue así: no pasaron 2 segundos de reloj, así literal, que mi padre me dijo “nosotros te amamos y nos preocupa más tu soledad que si estás con un hombre o una mujer”, “el amor es amor siempre, uno ama a la persona sin importar su sexo” agregó mi madre y mi hermano y mi hermana y todos me abrazaron y ahí mi vida cambió para siempre. Si mi familia me amaba ya estaba, era lo fundamental para mí. Desde ahí empecé a contarle a mis amigos y amigas, a mis tíos, tías, primos y primas y jamás pero jamás me sentí rechazado o discriminado. Reitero nací en Mocoretá un pueblo de 10000 habitantes de la provincia de Corrientes, aprendí que cuando se discrimina a alguien por su sexualidad nada tiene que ver con si se es de un pueblo del interior o de una gran ciudad, si se es pobre o no.

Solo es amor lo que uno siente y quizás algunos y algunas no lo comprendan. Tuve la suerte, que muchos y muchas no tienen, de ser aceptado rápidamente por mi familia y mis seres queridos y desde ahí fui un luchador por los miembros de mi comunidad, un luchador por los derechos como el matrimonio igualitario, La Ley de HIV, el cupo laboral Trans etc.

Hoy aún hay personas que no aceptan el no binarismo, no aceptan la homosexualidad, no aceptan la transexualidad, hay personas que discriminan, que hieren y lastiman, pero no fue mi caso, en mi casa, en mi pueblo, en mis círculos laborales y sociales siempre, pero siempre, me han aceptado y creo que lo hubiesen hecho siempre, solo que por mis temores no me atreví a contar antes lo que sentía. También ayuda aceptarse a uno mismo: uno no puede pretender ser aceptado si no se acepta antes, pero reitero mi caso es especial. Recibí amor del más puro y noble. No todos tienen mi suerte y sufren mucho aún. Por ellas, por ellos, mi lucha, la lucha debe seguir y así será.

Hoy soy enteramente feliz. Trabajo en un hospital público y en un sanatorio privado, tampoco acá sentí jamás discriminación. Tanto personal médico, enfermería, administrativos, incluso los padres y las madres de mis pacientitos siempre me han tratado como uno más, con el respeto y el afecto que toda persona merece. Mostrarse como uno es abre puertas y caminos, enseñanzas también. Yo aprendí que uno vale por uno mismo y los demás, creo que conmigo, aprenden que una persona no es solo su sexualidad, una persona es buena o mala pero por diversos factores. Al menos, reitero, en mi caso nunca sentí ningún rechazo, solamente eran mis miedos iniciales allá por los años ochenta que después superé con creces y gracias sobre todo a mi familia y a mi pueblo Mocoretá, pueblo que me acunó y me permitió ser libre.

En mi pueblo ahora viven dos sobrinos míos, que también son gays, y mi gran amiga Crist que es transexual. Ellos y ella viven un hoy más cómodo y relajado, con mucha más información y menos temores, hoy cualquiera puede pintarse las uñas, maquillarse, elegir cómo se perciben, tener una nueva identidad si lo desean y es maravilloso, hoy viven libremente todo aquello que me daba miedo en mi juventud y que no lo superé hasta decir lo que sentía y tener la total aceptación de mis seres amados. Sí siempre les hablo de que debemos valorar el coraje y la lucha de quienes nos precedieron, porque aunque reitero no lo padecí, sé que hace muchos años atrás, en los sesenta, setenta y hasta en los ochenta era mucho más difícil expresarse libremente si eras de la comunidad LGTBQI+ época de persecuciones y dolores, donde por tu orientación sexual muchos eran perseguidos, desaparecidos y desaparecidas incluso en la cruel dictadura militar, despedidos y despedidas de sus trabajos, humillados y humilladas a veces en la misma familia o en el entorno social donde vivían aun así muchos y muchas con sus luchas, sus rebeliones lograron que hoy el camino sea mucho más liviano para los que vivimos este presente. Vamos cada día adquiriendo más derechos, ganando nuestros espacios. También les cuento, les hago saber que aún existen países donde se condena a muerte, a exilios o a prisión a miembros de la comunidad, solamente por amar, porque como digo solo se trata de amor, pero en muchas partes del mundo por cuestiones religiosas o sociales se sigue persiguiendo todavía al que parece diferente.

Además los hago recapacitar, valorar ser aceptados, en muchas familias por desconocimiento o por torpeza no lo hacen y cuando se es aceptado uno se siente dichoso, valorar la familia, los seres que nos rodean, el entorno en que nos movemos.

Capítulo aparte, la poesía en mi vida fue creciendo hasta transformarme hoy en un poeta, no sé si un gran poeta, pero esa tabla de salvación que se transformó en una de mis actividades fundamentales, que, junto a la neonatología, nutren mi existencia. Poesía que además me permite desde la escritura gritar, denunciar, recordar, y persistir en la defensa de la humanidad y de sus derechos. Y seguimos la música y seguimos creciendo y gozando de este lapso breve que transitamos por este suelo, que debe ser lo más feliz que se pueda, es un derecho la felicidad, nuestro derecho.

El ser humano es un cofre donde anidan las alegrías y las tristezas, con cada experiencia uno va madurando, aprender a ser humildes y empáticos es la consigna. Aprender que el otro/la otra también somos nosotros, comprender a cada persona nos tornará cada día más enormes y esa es la meta, la finalidad de la vida.

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Gustavo Tisocco es médico neonatólogo y poeta. Trabaja en un hospital público de la ciudad de Buenos Aires y un sanatorio privado en San Isidro. Su tarea médica es poesía para él, recibir la vida en los partos, ver a un recién nacido sonreír, asistir a los prematuros es todo luminosidad y armonía. Publicó 13 libros de poemas, uno “Hectáreas” en Madrid, España. Asistió como invitado a casi todas las provincias del país y en el extranjero fue invitado como poeta en México, Perú y Nueva York. Recibió el Premio Puma de Plata otorgado por la Fundación Argentina para la Poesía. Aunque vive hace mucho en Capital Federal se dice habitante aún de su pueblo -Mocoretá, Corrientes- y siente todavía correr por su sangre aquel niño que fue, el que sigue estando entre ceibos, calles de piedra y su casa natal.

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