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Mundos íntimos. La enfermedad debilita mis músculos pero las historias de mi abuela me enseñan a atravesarla y me fortalecen

Mi abuela Hilda me cuenta historias. Me habla del tren que iba de Las Heras a Puerto Deseado, de las fiestas de San Juan que se celebraban en su pueblo, de la viejita Huichi que salvó la vida de su hermano, improvisando una incubadora con el calor de la cocina a leña, y que obligaba a su hija, la Cochefita, a montar el caballo de costado, con las piernas cerradas sobre el lomo del animal para que no se le abriera la entrepierna.

Mi abuela me cuenta historias. Yo las recojo como flores, como frutas, como plumas. Ella nació en Las Heras, en 1938. En el pueblo de Fitz Roy fue a la escuela rural, hasta los 10 años. Luego tuvo que irse a trabajar a una estancia como niñera de los hijos de los dueños, ocupándose también de las tareas domésticas. Unos años antes, juntando leña, se cayó sobre una mata de mala espina, y se cortó el tendón del dedo medio de su mano derecha. Igual lavó, igual trabajó, igual aprendió a escribir. Ahora yo escribo con esa cicatriz de la memoria. Esto ya lo conté antes, pero no es ocioso repetir la huella que reivindico.

A la misma edad en que ella dejó la escuela, yo escribí, dentro de un aula, un cuento sobre una nube. Usé un cuaderno de tapas duras, forradas con papel araña rojo, por mi abuela o por mi mamá. Si la escena fuera teatral, detrás de bambalinas estarían ambas. En el medio del escenario habría un pupitre, e inclinada sobre él estaría mi maestra, iluminada con una luz cenital, escribiendo en una hoja “felicitaciones” o algo así. Y estarían también, y más allá de la escenografía, la escuela pública como llave para tantas puertas y las mujeres como sostén y potencia de vida.

Tres mujeres. La madre, la abuela y la nieta (Luciana Tani Mellado). Sabiduría en clave femenina.

La madre de mi abuela murió electrocutada, fulminada por una descarga del poste de luz al que se aferró para no caerse, en un día de lluvia. Mi abuela me refirió este suceso en un par de ocasiones, sin pormenores ni dramatismo. En cambio, siempre recordó cómo le gustaba a su mamá un tango que hablaba de un pañuelo blanco, y cómo se peinaba, con su trenza larga, y cómo curtía cueros para hacer quillangos de zorro y de caracul. También es minuciosa al describir su casa materna y el pozo hondo al que siempre bajaba, para ver cómo brillaba el sol desde allí abajo, y caían pichones de los nidos.

La segunda hija de mi abuela murió con apenas unos meses de vida, la mollerita hinchada y ningún diagnóstico médico preciso. Esto pasó unos días antes de que muriera su padre, a quien le ofreció por última cena una compota que ella hizo y le acercó a su habitación, después de cruzar el zanjón que conectaba su casa con el hospital. Cuando su papá, ya desahuciado, le preguntó por la bebé, por quien parece tenía predilección, ella le dijo que estaba bien, creciendo, fuerte y sana. Para qué le iba a decir que se había muerto, me explicó, y sonó tan razonable. Ignoro de qué murió mi bisabuelo, pero sé que la compota que comió antes de partir era de ciruelas dulces, y que cuando mi abuela se la llevaba pasó cerca de una vecina apodada la “tres rabos”.

Una imagen lo dice todo. Este beso de la abuela a Luciana Tani Mellado lleva una potencia afectiva infinita.

El marido de mi abuela, Victoriano, fue atropellado por un auto, cerca de casa, cuando iba a su trabajo. El conductor escapó y lo dejó tirado en la calle. Su cuerpo no resistió. No sirvieron mis rezos nocturnos pidiendo su resurrección. No sirvieron los padrenuestros, ni los credos y avemarías susurrados cada noche, antes de entrar al sueño, durante días, semanas, meses y años. La muerte fue una puerta cerrada desde adentro. Unos días antes de la fatalidad hubo una gran nevada. También la hubo cuando nació Cachilo, el hijo menor de mi abuela. Pariste un hijo gris – le dijo, entonces, una prima suya-. El invierno lo trajo, sopló vida en sus ojos chispeantes y cinco décadas después le apagó al corazón.

Me gusta hacerle preguntas inesperadas a mi abuela. ¿Qué cura la amapola? le pregunto, de sopetón. Y ella me responde que no sabe, pero que en su casa había amapolas. Mirá, me dice, mirá, me insiste, mientras me cuenta cómo eran de altas, haciendo un gesto con sus manos. Casi siempre me pide que mire para indicarme que imagine lo que me cuenta. Y eso hago, convierto en imágenes propias y muchas veces en proyectos de escritura sus recuerdos o relatos, como escenas prestadas, como experiencias propias.

Al final, no sé qué cura la amapola. Y nadie sabe qué cura la miastenia gravis. Sí se sabe que esta enfermedad neuromuscular autoinmune se caracteriza por la debilidad que afecta los músculos de todo el cuerpo, incluyendo los que controlan la respiración. Y sí sé, en primera persona, que a veces no es posible caminar, ni levantar los brazos, ni hablar, ni sonreír, ni mantener los párpados abiertos o la cabeza erguida. Existe medicación para controlar los síntomas; a veces es suficiente y efectiva, otras veces no lo es.

Es diciembre de 1999. Asume un nuevo presidente en el país. Voy a rendir el último examen en la Universidad para graduarme como profesora de Letras. Paso varias horas cerca del teléfono, esperando novedades sobre una beca al exterior y el resultado de los anticuerpos detectados en un análisis de sangre. Llegan ambas confirmaciones, con pocos días de diferencia. Hago doblete. Me sale el viaje a Tarragona y tengo miastenia gravis. Solo la primera noticia me interesa. Todavía no sé que, desde entonces, veré doble casi todo el tiempo. El mundo se bifurcará, pero todavía lo ignoro. Lo sabré después, cuando aprenda que la oscuridad puede viajar en la sangre. Después aprenderé que puedo ser un monstruo con los ojos triturados.

Es diciembre de 2001. Estoy acostada, quieta, dentro de una camilla angosta que se desliza hacia el interior de una cámara cerrada, donde permanezco por una hora. Ahí estoy, en esa máquina cuyo funcionamiento ignoro. Ciencia y religión se reúnen en la forma del espacio. El resonador me recuerda a las grutas donde aparece la virgen, pero en posición horizontal. En ese sitio una cree y se entrega a lo que ignora, con alguna fe. Allí fotografían mi cerebro. Me dan luego estas imágenes, seriadas, en blanco y negro, en papel radiográfico. Casi dos décadas después de esta historia, un colectivo de artistas me invita a participar de una muestra de microscopias, y elijo enviar el fragmento de una resonancia magnética cerebral que remite a esta experiencia. Les comparto el recorte de una foto del interior de mi cabeza, donde se ve, en miniatura, mi cerebro. Lo que se ve es mi cerebro. Lo que se ve no es mi cerebro. En diciembre de 2001 todo se vuelve patológico e intenta representar esa patología. Las radios, la televisión y los tomógrafos sacan instantáneas de la crisis. El país tiene su crisis. Yo también.

Es diciembre de 2006. Estoy internada en terapia intensiva. En pocos días está anunciada, en mi ciudad, la presentación de mi primer libro. Andy, mi compañero, trae la caja con los ejemplares que llegaron a la habitación para alegrarme. Lo consigue. En esa internación, o en otra, a veces se me entreveran, mi mamá me lava los pies y las piernas con agua bendita, y también me da a beber de esa agua. Todo tiene su nota trágica, pero en un registro que colinda con lo cómico muchas veces. Ella se arrepiente de haberme dado esa agua y me pide que la escupa. No puedo hacerlo porque ya la tomé. Entonces, en un acto inesperado, se zampa de golpe todo lo que queda en la botella. Estoy tentada, pero no puedo reírme porque no tengo mucha fuerza en los músculos del rostro ni en ninguno. Recuerdo esa escena y oigo la voz de mi mamá que me pregunta ¿hija, estás bien?, ¿sentís las piernas? Enfrente de la cama está parada mi abuela, calada, quieta, sonriéndome.

A mí mamá le tocó contarme mi primera infancia, aquello de mi vida que no puedo recordar por mí misma. Me describe cómo era de pequeña, cuando me guardaba entre sus brazos como a una manzana de oro y me dio un nombre de luz para alejar lo oscuro. Igual lo oscuro irrumpió, con distintos rostros. Uno de ellos es la debilidad de la que tarde o temprano salgo, para escuchar a las palomas en el techo de chapa, y entender que sobrevivir es un milagro muy poco original. Como sea, mientras escribo, me convenzo de que el tiempo pasa real en otra lengua que conoce mi cuerpo.

Cada enfermedad genera su propia gramática. A una le toca encontrar el ritmo y el tono con que va a pronunciarla. A veces, un juego de poleas me mueve las partes como a un muñeco abandonado, que desea la vida hasta el desborde. A veces, crece en sombra grave un fantasma que me arrastra y sostiene, y soy el soplo de un pez que se ahoga en la costa, con los ojos abiertos. No tengo idea de cómo sería una vida con otras fragilidades y fortalezas. Pero sí tengo alguna idea, porque escribo, y toda escritura es transmutación.

En el María Ferrer estuve entubada por primera vez. Estando en terapia, pero ya respirando por mí misma, sin ayuda mecánica, escuché morir a un hombre que antes había escuchado respirar. Me apego a detalles invisibles que transcurrieron del otro lado de una cortina inmensa. Ese desconocido apagó su fuelle a metros de mi cuerpo. Hacía tanto calor cuando los pulmones le dejaron de andar. Murió cubierto por una sábana blanca, como la que me cubría a mí en ese momento. Lo trasladaron para una mejor atención, me dijeron, para evitarme el miedo, supongo. Tenía miastenia gravis, como yo. Cuando volví a casa no le conté a mi abuela de esta muerte; para qué le iba a decir, pensé, y esto fue razonable.

En el Joan XXIII, de Tarragona, comí por primera vez trufas. Me las llevó de regalo una compañera que, para mi fortuna, hacía sus prácticas médicas en ese hospital, donde tuve que escuchar a un sacerdote explicándome que las enfermedades son una especie de bendición, y a una vecina de habitación describirme lo conveniente que era adoptar bebes chinitos, como había hecho su hija que se había conseguido dos. Allí, un matrimonio octogenario me visitaba seguido y me aliviaba de la obligación de conversar. Enfrente de mi cama se quedaban parados. Callados, sonriéndome, como tantas veces hace mi abuela.

Al Universitat Klinikum Jena fui a parar después de enfermarme en Budapest. Afiebrada y frágil alcancé a salir de Hungría, un día después de ver, desde una embarcación, a un hombre arrojarse al Danubio. Volví a Jena, donde residía por una estancia académica. Llamé enseguida a un amigo chileno que vivía allí, para que me acompañara al hospital. Cuando entré al consultorio de quien sería el primer doctor de una larguísima serie que me atendería en ese lugar, vi que al hombre le faltaba el premolar superior derecho. No pude evitar que ese hueco convocara todo el tiempo mi atención. Esa cuestión y el hecho de que llevara en su cuello un colgante con un cangrejo plateado me desconcertaban. El doctor atacaba con su alemán cerrado y mi amigo resistía con su alemán extranjero. Todo me distraía, cómo sonaban sus lenguas, cómo ardía mi cuerpo. De pronto mi cabeza se apagó y se prendió de nuevo camino a la internación.

Mi abuela me cuenta historias y me enseña a contarlas. Aprendo a mezclar lo importante con lo mínimo, y a hacer de lo pequeño algo importante. Recojo sus relatos como flores que sanan, como flores que pueden plantarse en las trincheras.

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Luciana Tani Mellado. Nació en Buenos Aires; vive en Comodoro Rivadavia. Escritora. Poeta. Docente e investigadora universitaria. Trabaja en la Universidad Nacional de la Patagonia. Directora del Grupo de Investigación de Literaturas, Culturas, y Comunicación del Sur (GICSUR). Directora del grupo artístico “Peces del desierto”. Coordinadora nacional 2021-2023 de la Red Interuniversitaria de Estudios de Literaturas de la Argentina (RELA). Ha dictado conferencias y lecturas poéticas en numerosas ciudades del país y del extranjero. Como poeta, publicó seis libros de poesía: “El coloquio de las plantas” (2021), “Animales pequeños” (2014), “El agua que tiembla” (2012); “Aquí no vive nadie” (2010), “Crujir el habla” (2008) y “Las niñas del espejo” (2006).

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