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La borrosa Navidad de Alberto Fernández

Diciembre suele ser el mes de los balances y las perspectivas. Como si tuviéramos dos caras, es cuando miramos para atrás y para adelante al mismo tiempo, y ese estado de ambigüedad temporal entre lo que todavía no terminó de pasar y lo que aún no empieza a venir pega directo en las emociones. Confunde, porque deprime y entusiasma. Pero esta vuelta de introspección tiene una particularidad extraordinaria: lo que no termina de pasar es una pandemia global que a cada uno le pegó sí o sí donde duele, no viene al caso si más o menos porque cada uno está hecho de sus propias circunstancias físicas, afectivas, sociales, económicas y demás. Y el nuevo cuco se llama Ómicron, que nos congela en un angustiante “¿otra vez?”. Pero bueno: si Delta no fue tan dramática, tal vez esta cepa sudafricana tampoco sea para tanto. La única que queda es no dejar de cuidarse y que el nivel de vacunación –que no es para nada malo en la Argentina- se intensifique al máximo.

En eso, el nivel de vacunación, se viene parando el Gobierno para recomponer su prestigio, aunque sin demasiado éxito, digamos, porque la cultura argentina incluye las vacunas como un derecho adquirido desde hace un siglo y porque, a tono con el mundo, hay un sector social no despreciable que ya no cree ni siquiera en las vacunas. Por eso dudan en imponer con urgencia un imprescindible “pase sanitario” que otorgue mayor holgura de movimientos a quienes están vacunados. Si a nadie se le ocurre que pasar los semáforos en rojo sería una buena bandera libertaria, habría que volver lo más obligatorias posible a las vacunas.

Con ese telón de fondo, Alberto Fernández piensa la Navidad más como un alivio presunto que como una fiesta (y no sólo por los problemas judiciales y sobre todo político-electorales que le trajo el último festejo conocido en Olivos). Llega a su medio mandato exacto con el Congreso empatado en las dos Cámaras, la interna del Frente de Todos en tensa calma, los gobernadores peronistas agrietados, los intendentes conurbanos exigiendo más poder, la CGT y los movimientos sociales con reivindicaciones en mano y un acuerdo en danza con el Fondo Monetario Internacional para el que necesita el consenso de todos los nombrados antes. Nadie estaría envidiando al Presidente. Pero, como tampoco nadie come vidrio, lo más probable es que cada cual exija lo suyo, avalen el pacto y Fernández pague, además, el costo político de una segunda mitad de mandato sin margen para tirar manteca al techo. Los dos extremos del sistema político que representan Cristina Kirchner y Mauricio Macri ya dieron sus señales de apoyo.

Le está costando al Gobierno fijar la idea-fuerza del 10% de crecimiento-rebote de la economía para cuando termine este año, básicamente porque diciembre también es un mes de hacer más compras que de costumbre y el costo de la canasta navideña está por las nubes gracias a una inflación indómita. Tampoco ayuda la ansiedad en torno a qué dirá en concreto el bendito “plan plurianual” que llegaría al Congreso antes de dos semanas, ni cuánto tiene ya del visto bueno del FMI ese desconocido programa.

Han crecido en estas últimas semanas los roles de Gustavo Beliz y el embajador Jorge Argüello, que son los funcionarios con trato más directo con Estados Unidos, socio number one del FMI. Se rumorea con mucha fuerza, por otra parte, que Martín Guzmán ya tiene prácticamente cerrada la visita definitiva de los enviados fondomonetaristas. Tal vez sea la semana que viene. Nada será seguro, sin embargo, hasta que no suceda.

A tono con la confusión general, las mayores garantías sobre el futuro inmediato se las están dando al Presidente las ecografías de Fabiola Yáñez.

por Edi Zunino

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