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Juan Bedoian, el periodista que elegía las palabras habituales por sobre las asombrosas

¿Cómo sería para ustedes una muerte bella?, les pregunta un maestro a sus alumnos.

Le contesta una chiquita desde el fondo de la clase: -Sería morir como mi abuelo.

-¿Y cómo murió tu abuelo?

-Se durmió.

Entonces el maestro pregunta: -¿Y cómo sería para ustedes una muerte atroz?

La misma pequeña le responde: -Sería morir como los amigos de mi abuelo.

-¿Y cómo murieron?

– Iban en el coche de mi abuelo, cuando se durmió.

Esa era la clase de mensajitos que podía mandar Juan, y que rescaté anoche a las corridas cuando el Colorado nos dejó helados al avisarnos que había muerto.

El Colorado es Ricardo Kirschbaum y Juan era su amigo más entrañable. Un tipo increíble que podía divertirse casi con cualquier cosa y que podía hacer divertir casi como ninguno. Que nos enseñó el humor tucumano: irónico, fino, a veces desopilante como los textos que encontraba en Internet y también desparramaba entre los amigos.

Era muy divertido, Bedoian y era muy serio en las cosas que creía y defendía, como hacer un periodismo desacartonado y creativo y pensado para los lectores.

Le tocó presentarse en el Congreso de la Lengua y se las agarró con algo que combatía como un militante: la jerga impostada y pretenciosa de cierto periodismo cultural.

Arrancó así: “Hacer una discursivisación sobre ciertas estereotipias verbalizantes que ambiguan los discursos expositivos-explicativos con relación dialógica; tratar la variabilización de técnicas desangentivadas que, lejos de promover la prototipicidad academizante, plantean un conflicto epistémico refutativo…”.

Juan Bedoian, en 2004, en su ponencia en el Congreso Internacional de la Lengua Española. Foto David Fernández

Juan era licenciado en Letras y había forjado su pasión por la literatura al calor del boom latinoamericano de los 70. Pudo imprimir ese espíritu y su compromiso con el uso del lenguaje llano y abarcativo a la revista Ñ, en la que plasmó el sueño de una publicación cultural exitosa, autónoma y de calidad.

Se había venido a Buenos Aires después del golpe del ’76, en un grupo que también integraron Kirschbaum y Joaquín Morales Solá. Juan perdió a una hermana en la represión pero condenaba tanto la utilización política del activismo revolucionario como la indulgencia con la corrupción kirchnerista.

Conservó un compromiso perdurable con la causa de los emigrados. De una reconocida familia armenia, contaba con orgullo que tenían un histórico horno de trigo burgol y habían conservado las herramientas originales de cobre.

Empezó como periodista en Tucumán y ya en Clarín pasó por varias secciones como redactor especial y editor. Puso un sello propio en Cultura y Nación, donde publicó en plena dictadura un valiente texto de María Elena Walsh y un recordado poema de Jorge Luis Borges sobre Malvinas.

Antes de Ñ, editó Zona y el suplemento Viajes, donde escribió crónicas y columnas memorables.

Con Bedoian, muerto por un cáncer de pulmón a los 74 años, se va un maestro para ver con inteligencia la cultura y acercarla al lector común.

Y se va un gran compañero, generoso y solidario.

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