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Secretos y razones de la avanzada final de Cristina sobre Alberto Fernández

Es imposible saber en qué momento tomó forma en la cabeza de Cristina Fernández esta avanzada final sobre Alberto Fernández. Si fue durante la hora y media que esperó al Presidente en el búnker de Chacarita, si ocurrió en el tenso mano a mano que tuvieron antes de que el mandatario saliera al escenario, o si fue al día siguiente, cuando el inquilino de la Quinta de Olivos llegó a la Rosada acompañado por todos los ministros cuestionados. Lo cierto es que en algún momento de estas turbulentas 72 horas la Vicepresidenta tomó una decisión: los días de que Alberto Fernández gobierne con autonomía se terminaron. Va a hacer lo que le diga, por las buenas o por las malas.

Hay que entender a CFK, que, además de sus votos, se está jugando su capital político, el lugar en la historia e, incluso, el futuro judicial suyo y de su familia. Ella primero intentó hacerlo por las buenas. En la mañana del lunes, momento en el que se reunió en su despacho con Wado de Pedro y su hijo, confiaba en que el propio Alberto entendería solito el mensaje y haría renunciar a la tropa cuestionada. Se llevó una flor de sorpresa cuando el Presidente sentó aquel mediodía a Cafiero, Guzmán y Kulfas en los lugares de privilegio en un acto. Como eso no funcionó su plan pasó a la segunda etapa: en la noche de ayer, como reveló NOTICIAS, envío a Máximo Kirchner a la Quinta de Olivos con ultimátum. Tenía que soltar a los ministros en jaque.

El momento exacto en qué ocurrió ese encuentro en la residencia presidencial es un misterio. Se sabe que fue antes de la cena, pero, para cuando en el futuro los historiadores escriban este 2021, habría que tenerlo en claro: en aquel instante se rompió en mil pedazos la lógica con la cual el Frente de Todos había gobernado casi dos años. Hasta entonces CFK enviaba indirectas, mandaba a sus discípulos a realizar sus encomiendas, o, cada tanto, pateaba el tablero con venosas declaraciones desde un escenario o por una carta. De cualquier manera, los dardos nunca habían sido directos: eran “los funcionarios” los que no funcionaban. Los inesperados resultados de las PASO hicieron explotar esa lógica: ahora es Máximo Kirchner, en la cara -y con una visita previa al despacho de Sergio Massa, alfil sigiloso en esta jugada de ajedrez-, quien le dice a Alberto lo que tiene que hacer.

Pero el Presidente no lo hace. Entonces el “cuervo” Larroque directamente lo dice en público: da una entrevista y afirma que habría que hacer como luego de las derrotas del 2009 y el 2013, cuando se cambiaron a los ministros de Economía y a los jefes de Gabinete. Tomá mate con chocolate Alberto, diría CFK. Pero, una vez más, el mandatario no quiso escuchar. Ahí llegó la avanzada final: CFK –como le había pedido a Alicia Kirchner y a Jorge Capitanich, gobernadores de Santa Cruz y Chaco, que hicieran en los días previos- le ordenó a Axel Kicillof que le pidiera la renuncia a todo su gabinete. Y luego ella hizo lo propio con el suyo. Salvarezza, Bauer, Wado, Paula Español, Raverta, Ceriani, Soria, Volnovich, y Cabandié ofrecieron dejar su puesto. Y van a seguir las firmas.

Ahora Alberto está en una encrucijada. Sólo tiene dos opciones: ir a la guerra o entregar su presidencia (o aceptar que jamás le perteneció). La primera opción seduce a más de un albertista que todavía aguanta en su puesto. “Alberto tiene que aceptar la renuncia de todos, y seguimos nosotros. Que se jodan”, cuenta un secretario de Estado, de esos que, si la avanzada K triunfa, deberían ir actualizando su perfil en Linkedin. Parece más una muestra de deseo que una realidad: el Presidente, como quedó demostrado luego de las PASO, tiene hoy poco –o nulo- peso propio que aportarle a la coalición. ¿Con qué cartas podría esbozar una resistencia? ¿Con qué votos? ¿Con qué dirigentes?

La segunda, en cambio, parece más viable. “Alberto está haciendo sus últimos pataleos, no puede romper con Cristina. Va a entrar en razón tarde o temprano”, dice uno de los pocos amigos que le queda en la Rosada. Quizás ya no dependa de Alberto entrar o no en razón. CFK no le dejó nada de margen para decidir.

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