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La deuda pública y sus culpables

En la reciente sesión declaratoria que obtuvo del tribunal antes del inicio del juicio oral por el memorándum con Irán, la vicepresidenta Cristina Kirchner desarrolló un encendido alegato contra supuestos enemigos. Su discurso tuvo un tono condenatorio, en tanto alegó estar sufriendo una persecución judicial impulsada por grupos financieros beneficiados con la deuda estatal. Aunque el tema no tuviera relación con la causa, planteó en tono de severa condena el aumento de la deuda pública durante el gobierno de Mauricio Macri. Expuso un gráfico con la evolución de la deuda del Estado nacional que mostraba una reducción en los años de gobiernos kirchneristas y un incremento en el período comprendido entre 2015 y 2019.

En la presentación de las listas de candidatos, la expresidenta de la Nación reiteró sus argumentos sobre el endeudamiento y volvió a cargarle las culpas al gobierno anterior. Pero en esas dos arengas la señora de Kirchner incurrió en una omisión que desacredita completamente sus supuestas razones. No mostró ni hizo referencia al endeudamiento del Banco Central, que, como es sabido, alcanzó niveles extraordinarios durante su propia gestión presidencial. No incluir esta deuda es simplemente un error que invalida su planteo. Tampoco habló del consumo de las reservas internacionales hasta el 10 de diciembre de 2015, fecha en que ella dejó el poder.

Más allá de la objeción que merecen las cifras expuestas, es necesario comprender que la deuda asumida por el gobierno central no es el único elemento definitorio de la calidad y eficiencia de una gestión. Es posible tomar menos deuda si el déficit fiscal se financia con un aumento nocivo de la presión impositiva, o simplemente si se cubre con emisión monetaria. Esta última forma termina en el peor de los impuestos: la inflación.

Lo que, en rigor, corresponde medir es el gasto estatal, su aumento y su contenido. La deuda o la emisión monetaria, así como los excesos impositivos, son una consecuencia y no la causa del problema.

Durante las dos presidencias de Cristina Kirchner, la deuda pública pasó de 176.870 a 240.665 millones de dólares, al tiempo que las reservas del BCRA cayeron 37.435 millones

Si bien la gestión de Macri distó de ser lo que se hubiera esperado en materia de reducción del gasto público, mostró algunos ventajas respecto de los períodos kirchneristas. La opción gradualista de Macri frente a la herencia recibida determinó un déficit residual. Correctamente se optó por una moderación en la emisión y los impuestos, al tiempo que se decidió hacerlo principalmente tomando endeudamiento. El límite se alcanzó dos años después, en abril de 2018, cuando los mercados pusieron una luz roja y el Gobierno no tuvo otra alternativa que recurrir al Fondo Monetario Internacional. No había habido tiempo suficiente para el gradualismo. Incluso hubo cierta desaprensión por la cuestión del exceso de gasto al aumentar inicialmente el número de ministerios sin ningún ánimo racionalizador aparente. Sin embargo, al final del mandato se computó una reducción de alrededor del 5% (40.000 empleados menos) de la planta de jurisdicción nacional. Lamentablemente fue más que compensado por un incremento de 140.000 empleados por parte de los gobiernos provinciales y municipales. El acuerdo federal de 2017 fue permisivo en esta materia, al aceptarse que las plantas de personal pudieran verse incrementadas en una proporción igual al crecimiento demográfico de cada provincia.

Es cierto que Néstor Kirchner logró una reducción de la deuda pública de algo más de 20.000 millones de dólares y que durante su presidencia no aumentó el stock de letras y otros pasivos remunerados del Banco Central. Fueron los años del viento a favor con muy altos precios para nuestras exportaciones. Hubo superávit comercial y también fiscal, aunque este último fue logrado por efecto del retraso de haberes jubilatorios y de salarios públicos. No hubo una reducción estructural del gasto estatal, sino lo contrario. El número de empleados públicos y de planes sociales se incrementó.

Las condiciones externas cambiaron durante los dos períodos presidenciales de Cristina Kirchner, cuando reapareció el déficit fiscal. La deuda pública pasó de 176.870 millones de dólares en diciembre de 2007 a 240.665 en diciembre de 2015; un aumento superior a los 63.000 millones de dólares. A partir de 2013, el Banco Central incrementó notablemente la emisión de letras buscando absorber la emisión monetaria. El stock creció en el equivalente de 7500 millones de dólares, superando en diciembre de 2015 los 25.000 millones. Durante la gestión de Cristina Kirchner las reservas internacionales se redujeron en 37.435 millones de dólares. El balance neto, sumando el aumento de la deuda y la pérdida de reservas de ese período, resultó negativo en 107.900 millones de dólares.

Entre el Tesoro y el Banco Central, Macri heredó una deuda de 265.000 millones de dólares. Al terminar su mandato, la correspondiente al Tesoro había subido a 323.000 millones y el stock de pasivos remunerados del Banco Central alcanzaba al equivalente de 21.000 millones de dólares. En total, 344.000 millones, con un incremento durante esa gestión de 79.000 millones. En ese período hubo un aumento de las reservas internacionales de 18.690 millones, por lo que el neto negativo resultó de 60.310 millones de dólares. La comparación favorece a la gestión de Macri sobre la de Cristina Kirchner.

Estos mismos cálculos aplicados a la gestión de Alberto Fernández muestran un negativo que supera los 32.000 millones de dólares, con compromisos de deuda incumplidos y en tendencia creciente. En materia de endeudamiento público, la historia confirma que nadie puede tirar la primera piedra, mucho menos la actual vicepresidenta de la Nación.

LA NACION

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