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Tambalea la dictadura del relato

El kirchnerismo acaba de chocar de frente contra una de sus obsesiones. Esa idea fija de relacionar a sus adversarios con la última dictadura argentina ha recorrido tanto camino que, gastada y percudida, se está desintegrando.

El amparo y la amistad con otras dictaduras (de signo inverso, pero autocracias al fin) detonan el pedestal moral en el que pretendía ser vista la fuerza política dominante de las últimas dos décadas. Cuba es apenas la última escala de una serie que incluye en la región a Venezuela y Nicaragua, y a Rusia, Irán y China en el resto del mundo.

Siempre fue un invento construido con partes desiguales el relato de la condena a la dictadura y de la defensa de los derechos humanos. Ese Frankenstein fue hecho con la reinvención del pasado del propio matrimonio presidencial, la distorsión oportunista de la historia trágica de los años setenta y la cooptación de las agrupaciones de familiares y víctimas de los crímenes cometidos desde el Estado entre 1974 y 1983.

Fue un hecho que los gobiernos kirchneristas promovieron la reanudación de los juicios por violaciones a los derechos humanos. Pero también es un dato concreto que el relato que reconstruyó la versión histórica de la década del setenta fue utilizado para equiparar conductas de opositores con las aberraciones cometidas en el pasado y buscar vínculos de los actores políticos de hoy con aquellos represores.

“Hay buenas razones para inferir que la buena onda del oficialismo con Cuba y Venezuela va mucho más allá de la tradicional condescendencia con el régimen cubano que tuvo la izquierda argentina hasta en su versión más moderada”

La radicalización de Cristina Kirchner es un fenómeno complementario y posterior, pero tal vez el más influyente en estos momentos, sobre el gobierno que formalmente encabeza Alberto Fernández. Es un dato conocido que la vicepresidenta creyó ver en las muertes de Fidel Castro y Hugo Chávez una oportunidad para liderar la izquierda latinoamericana.

Hay buenas razones para inferir que la buena onda del oficialismo con Cuba y Venezuela va mucho más allá de la tradicional condescendencia con el régimen cubano que tuvo la izquierda argentina hasta en su versión más moderada. Razones de protagonismo político de Cristina Kirchner y negocios por arriba y por debajo de la mesa.

Es en ese contexto que, a un costo de numerosas vidas humanas, el oficialismo eligió comprar vacunas a Rusia y despreciar las ofrecidas por los laboratorios norteamericanos. Ahora que los incumplimientos de Moscú y el fracaso de la asociación con empresarios amigos agigantan la crisis sanitaria, recién se habilitó a regañadientes una negociación que había sido abortada cuando debió hacerse el año pasado.

El alineamiento con otros países que tienen al autoritarismo como común denominador no se construye solo con comunicados. La hostilidad con la oposición, la presión a la Justicia y el desprecio al periodismo independiente son los datos locales de esa misma secuencia.

Las crisis alimentadas por la pandemia que detonan conflictos aquí y allá en la región expusieron una coherente desvergüenza diplomática para juzgar, potenciar o ignorar protestas populares, según el signo político de cada gobierno.

La Cancillería, a cargo de Felipe Solá (si se permite la exageración), saludó las protestas callejeras de Chile y Colombia, a la vez que lamentó las acciones represivas de los gobiernos de esos países, en particular de la administración de Iván Duque.

Los ataques de Hamas contra la población civil de Israel fueron comentados por la Argentina como un abuso de fuerza del país agredido, en un nuevo capítulo de la proximidad con los autores o cómplices de los dos atentados del terrorismo integrista islámico en Buenos Aires. Parece no haber alcanzado con firmar un pacto con Irán que en la práctica implicaba liberar de responsabilidad a los funcionarios de ese país puestos bajo sospecha por la Justicia argentina.

Otra revolución, la digital, sirve para mostrar y hacer más transparente –por si hiciera falta– que aquella revolución romantizada es desde casi sus inicios una dictadura que no permite ni una marcha callejera

La lista es amplia y reciente. Al amparo a la dictadura venezolana, que, según el Presidente, “ya no viola los derechos humanos”, le siguió el rechazo a condenar la detención de centenares de opositores en Nicaragua en plena campaña electoral.

Los desmanes del matrimonio Ortega incluyen el apresamiento de todos los candidatos presidenciales opositores y la persecución a empresarios, periodistas e intelectuales, pero la Argentina prefirió no condenar al régimen nicaragüense y encubrirlo con los principios de “no injerencia” y de “autodeterminación de los pueblos”. Para quedar bien vaya a saberse con qué necesidad, la diplomacia argentina echó mano a un recurso que niega en forma invariable a los habitantes de las Malvinas cuando reclama la soberanía de las islas.

Cuba, el último capítulo de esta serie, incluyó un coro kirchnerista de adhesiones al régimen que reprime las manifestaciones y la voz solista de Alberto Fernández recitando la letra del bloqueo que sirve de argumento al castrismo desde hace casi 60 años.

Otra revolución, la digital, sirve para mostrar y hacer más transparente –por si hiciera falta– que aquella revolución romantizada es desde casi sus inicios una dictadura que no permite ni una marcha callejera. Esas protestas pueden verse ahora en tiempo real (cuando no cortan internet) en todo el mundo, que de esa manera constata que el reclamo de libertad y mejoras económicas no es dirigido desde los Estados Unidos.

Un círculo parece cerrarse. El kirchnerismo usó tanto en su propio beneficio la condena a la dictadura que luego de un giro completo y de tanto apañar dictaduras amigas termina añorando construir otra autocracia. La propia.

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