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Una solución creativa que plantea algunas dudas

No había más que dos caminos a seguir para el destino de la Fiesta de la Vendimia 2021. Anulada la posibilidad de la tradicional celebración que mueve enormes maquinarias turísticas, artísticas y económicas, coartada por un virus que ha trastocado éste y muchos órdenes de lo que creíamos establecido, se vislumbraban sólo dos posibilidades para el destino de nuestra fiesta mayor.

Uno de esos destinos ya era conocido, lamentablemente. Hablamos de la suspensión de toda celebración, un hecho que no habría sorprendido a nadie. En principio, porque el contexto circundante en que tenía que tomarse esa decisión era el de una pandemia de coronavirus, en un momento especialmente crítico durante 2020. Pero lo que abonaba, sobre todo, esa posibilidad era el hecho claro de que había antecedentes en Mendoza de otras suspensiones. Esos antecedentes también habrían justificado la ausencia de fiesta.

En efecto, no eran muchas, pero ahí estaban las fechas marcadas. Incluso, en una ocasión particular, con una excusa sanitaria de por medio. La primera Fiesta de la Vendimia que faltó a la cita fue la de 1956: el año anterior, la llamada “Revolución libertadora” había derrocado al presidente, Juan Domingo Perón, y las fiestas nacionales se suspendieron en todo el país. Nuestra tradicional celebración volvió a realizarse en 1956. Sin embargo, poco después (en 1959), algo que remitirá a la actual situación se vivió en la Argentina: la declaración de una epidemia de poliomielitis obligó, por precaución, a suspender las masivas reuniones de personas. La celebración de la Vendimia, en ese momento, tuvo un reemplazo a pequeña escala, con una Fiesta del Vino que igualmente dio espacio a una elección de reina.

En 1985 la fiesta no se hizo, pero por otra razón, muy distinta: el terremoto del 26 de enero de ese año, que causó daños y seis víctimas fatales. No había ánimo para ninguna fiesta, sin dudas. Como decíamos, así, una eventual tachadura en el calendario de este 2021 para la celebración de la cosecha local, no habría resultado siquiera una novedad.

Pero la opción para evitar esa suspensión tuvo algo de creatividad, mucho de adecuación a los tiempos y, claro, los presupuestos aliviados como para asegurar su realización en tiempos de crisis. Y esa opción fue no el traslado a otro escenario más chico (como, dicho sea de paso, se dio en 2002, con el Estadio Mundialista como epicentro), sino la conversión de la fiesta a la virtualidad, tan en boga -por necesidad- en tiempos de distanciamiento sanitario.

Lo que se abre ahora como posibilidad, ante la fiesta, es un nuevo canal de expresión. Es cierto que desde hace décadas, el Acto Central es objeto de una cuidada transmisión televisiva, pero igual de cierto es que jamás esa versión catódica ha podido reemplazar la potencia expresiva de la fiesta en vivo, en especial si su escenario es ese magnífico teatro griego entre los cerros que es el Frank Romero Day. Que la fiesta pruebe sus armas en el lenguaje cinematográfico no deja de ser intrigante, pero junto con lo que pueda ofrecer como resultado artístico, es verdad que aunque se haya asegurado un festejo acorde con la realidad y le ha dado trabajo a los artistas, todo esto es sinónimo de lo que se está perdiendo.

Entrevistado por este diario, el director Alejandro Conte (ver página 13) parece avizorar un temor: que el festejo virtual se haga costumbre, por razones de salud o por conveniencia presupuestaria. Si eso sucede, estima él, va a perderse la tradición. Una tradición onerosa en cuanto a presupuestos, sí, pero que también redunda en una enorme masa turística que se mueve por semanas hacia nuestra provincia. Y que se traduce en algo más intangible: coloca a Mendoza en un sitio preferencial, el que se da a los pocos lugares en el mundo con un festejo de cosecha tan majestuoso.

Esta Fiesta de la Vendimia de 2021, realizada como espectáculo en formato audiovisual, es, sin duda, una solución. Seguramente, sin embargo, son muchos los que desean que no se transforme en una tentación faustiana, de esas que se convierten en la pérdida irremediable de la esencia.

Porque esa esencia, gusten más o menos sus formas y rituales, es lo que la hace única.

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