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El cadáver maltratado

Lamentablemente ciertos personajes no han descansado ni después de muertos. Uno de los casos más increíbles fue el de Maximiliano I de México.

Antes de volverse una majestad azteca, era conocido como hermano menor del emperador de Austria Francisco José I y cuñado de Sissi. Además fue poseedor de los títulos nobiliarios de archiduque de Austria y príncipe real de Hungría y Bohemia.

Su voracidad por el poder lo llevó a aceptar la propuesta de un grupo de conservadores mexicanos de hacerse cargo de la corona imperial del país, dentro de un marco político caótico para dicho país. Detrás de todo esto estaba la figura de Napoleón III.

La corona estuvo en su cabeza durante tres años, pues Benito Juárez se impuso y ordenó fusilarlo.

Una vez muerto accedieron a enviarlo de regreso a Austria, usando la misma embarcación que lo había dejado en América.

Su cuerpo presentaba cinco impactos de bala, uno de ellos en el corazón. Al trasladarlo surgió un primer gran problema. Maximiliano era un hombre gigante, tan alto que no entraba completo en el ataúd.

Como solución encontraron dejarle los pies del noble fuera. El galeno encargado de embalsamarlo hizo un pésimo trabajo. La historiadora Nieves Concostrina señala al respecto: “un ojo de Maximiliano quedó maltrecho y el médico lo sustituyó por uno de cristal tomado de una imagen de Santa Úrsula. Pero Maximiliano tenía los ojos azules y el que le pusieron era negro. La chapuza y la falta de sensibilidad no acabaron aquí. El médico decidió lucrarse con el cadáver y con todos los objetos que hubieran estado en contacto con él. Durante los siete días que duró el embalsamamiento, los sirvientes de grandes señoronas entregaban al doctor Licea lienzos y pañuelos para humedecerlos en la sangre de Maximiliano. Y esto no era gratis. Benito Juárez acabó enterándose y enjuició al doctor Licea”.

Maximiliano llevaba muerto tres meses y desde Austria, su hermano buscaba que sus restos le fuesen devueltos de una vez. En un traslado del cuerpo dentro de los límites mexicanos, la citada autora comenta que “el austriaco acabó revolcado en las aguas de un arroyo y, en la caída, perdió un trozo de nariz. Es fácil hacerse una idea del estado en que llegó el cadáver. Los productos usados en el primer embalsamamiento se mezclaron con el agua y a Maximiliano hubo que colgarlo para que escurriera. Literalmente”.

Fue entonces cuando se lo volvió a embalsamar y buscando acabar con el asunto fue embarcado hacia Europa. No podemos imaginar la tristeza de su familia al recibirlo en tan malas condiciones. Lo importante es que estaba en casa y desde entonces descansa en la cripta Imperial de Viena.

Allí, junto a su sarcófago no faltan flores de sus devotos y hasta un sombrero mexicano, a los pies del malogrado emperador.

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