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Los manejos oscuros con el dólar oficial y cuánto queda del superávit

El balance entre exportaciones e importaciones de bienes puede terminar, este año, en zona de superávit récord y a la vez servir de muy poco para amortiguar la urgencia de divisas que enfrenta el país. Aún cuando suene raro, más que un error de cálculo allí aparecen una de las tantas caras de la crisis y algunos movimientos bastante oscuros.

Los últimos datos del INDEC dicen que de enero a octubre el saldo comercial ascendió a US$ 12.171 millones, exactos 907 millones por encima de 2019 y enfilando hacia los US$ 14.000 millones que algunos especialistas proyectan para este año. Esto es, cerca de la marca histórica de 16.600 millones de 2002, cuando de tumbo en tumbo la Argentina era sacudida por una recesión de aquellas.

Y frente a semejante montaña de plata fuerte, ¿dónde están la cara de la crisis o las supuestas maniobras? Están a tiro, en el revés de la trama, y cantan que de esos 12.171 millones sólo quedaron efectivamente 7.115 millones en la caja del Banco Central, o sea, poco más de la mitad del resultado comercial.

Reiterado y conocido por el mercado, el fenómeno se considera pariente directo de una brecha entre el tipo de cambio oficial y los dólares digamos alternativos que ronda el 90% y que, por lo mismo, encadena distorsiones de toda clase y tamaño. Incluida una especulación harto peligrosa, esto es, que el problema vaya a tornarse insostenible y a derivar en una devaluación. De instrumento en instrumento, el Gobierno tira del carro con la idea de evitar semejante desenlace.

Detrás de este juego en el que se juegan las escasas divisas disponibles y en el que el único proveedor de moneda dura se llama BCRA, existen empresas que arreglan deudas de apuro y sobran importadores que adelantan compras y pagos al exterior, aprovechando un dólar oficial que les parece a precio de ocasión. El mismo razonamiento, pero invertido, explica que productores y exportadores demoren el ingreso de fondos provenientes de operaciones que ya han sido convenidas, a la espera de conseguir una ganancia mayor.

Tenemos además las clásicas sobrefacturaciones y subfacturaciones que en los hechos esconden o escamotean operaciones de color verde. Y un par de ejemplos que visto el conjunto son como la frutilla del postre.

En septiembre el informe del INDEC plantó un superávit comercial de US$ 1.744 millones, menor al de otros meses pero una enormidad comparado con el saldo que figuró en el balance de divisas del Central: apenas US$ 7 millones. Al interior de esas cuentas, otras cuentan muestran cómo fue la movida: dan caída del 14% en el cobro de exportaciones añadidas a un incremento del 51% en el pago de importaciones; nada ni parecido a los números del instituto de estadística.

En el caso siguiente, el de octubre, frente a un superávit comercial de US$ 612 millones hay US$ 44 millones en el saldo del balance de divisas y en la caja del BCRA.

Este extraño, en cierto sentido sospechoso jubileo, convive con restricciones a las compras al exterior que miradas a través de las cifras del INDEC habrían empezado a aflojar últimamente: el registro de octubre marca una baja del 2,8% que contrasta con rojos previos de hasta el 32%. Pero mejor no adelantarse a ver aquí un violento repunte de la actividad económica, porque otras cifras dicen rebote moderado e inestable por ahora.

Pregunta a cuento de las regulaciones: ¿quién decide qué operaciones se autorizan y cuáles no se autorizan?

Respuesta de un antiguo asesor de empresas: “Acá tenemos lo que tenemos en cualquier sistema de control sin reglas claras. En el Ministerio de Desarrollo Productivo sostienen que la AFIP maneja el botón verde y cuando vas a la AFIP te marean a trámites. La clave es patear la pelota para adelante”.

Sin inversiones extranjeras, en realidad sin ninguna inversión que pueda caer dentro del cepo, y sin acceso al financiamiento externo, salta evidente que la gran, si no la única fuente de divisas luce más parecida a un colador que a una fuente. Por si quedan dudas, se trata del comercio exterior.

Del mismo boletín son el agujero que también hay en el balance de divisas del sector servicios, más la llamada fuga de capitales, el pago de intereses de la deuda y otros conceptos similares que, sumados, representan alrededor de US$ 6.500 millones. “Y chau: siguen borrándose los millones del superávit de divisas”, dice un analista muy aficionado a contar las cosas con datos.

Por un lado o por otros, todos los caminos conducen a las reservas del Banco Central. Mejor dicho, conducen a la caída de las reservas del Banco Central.

Alberto Fernández y Martín Guzmán, en Chapadmalal, en noviembre de 2020

Si se consideran los activos brutos, aquellos que incluyen desde los encajes de los depósitos en dólares, que no debieran utilizarse, hasta el swap-préstamo de China cargado de condicionalidades y las tenencias de oro, la cuenta del BCRA anota hoy US$ 38.747 millones que, vale aclarar, no son por completo de la entidad ni menos están disponibles. La comparación con el 10 de diciembre de 2019 revela una pérdida de US$ 5.000 millones.

Si la referencia es comienzos de agosto, cuando se anunció el acuerdo con los bonistas, el resultado es un bajón de US$ 4.700 millones en poco más de tres meses. Siempre con el signo menos, contra el 15 de septiembre del súper cepo son US$ 3.750 millones. Obvio, estamos ante un proceso que se acelera.

Otra mirada, si se quiere más concreta y más comprometedora, limpia el activo del Central de fondos remachados, intocables y sólo deja el oro y los Deg’s aportados por el FMI, o sea, las reservas netas y las que de verdad importan.

Sin demasiadas diferencias entre ellas, las estimaciones privadas señalan un stock real cercano a US$ 4.000 millones o de unos US$ 4.500 millones. Que equivalen a alrededor de cuatro meses con salidas de 1.000 millones cada treinta días, tal cual está ocurriendo.

Más de esta serie caliente: bajan US$ 2.800 millones los depósitos en moneda extranjera desde el lanzamiento del súper cepo; venta de dólares a futuro por parte del Banco Central que ya han superado los US$ 6.000 millones; tasas de interés en alza pero que nunca alcanzan; particulares que hasta octubre llevan comprados US$ 3.500 millones y, finalmente, un interminable festival de bonos de la deuda, cuyas estrellas son las operaciones atadas a la inflación o indexadas por el dólar oficial.

Es un bombardeo grande, tupido y arriesgado pero escasamente efectivo, si se advierte que pese a todo nada garantiza una paz cambiaria duradera. Como quien empuja un carro, el ministro de Economía, Martín Guzmán, intenta tirar hasta un acuerdo con el Fondo Monetario, que de rápido viró a demorado, o hasta abril-mayo, cuando empiecen a entrar los dólares de la soja. Parece muchísimo tiempo, aún en la mejor de ambas hipótesis.

Y mientras al compás del reloj Guzmán y el jefe del Central, Miguel Pesce, dirimen interna tras interna, hay un fuerte olor a puja por las reservas disponibles en el BCRA. Nada nuevo, cuando cruje la caja de la entidad.

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