El factor Volcker en la economía mundial, en la región y en la ArgentinaEconomía 

El factor Volcker en la economía mundial, en la región y en la Argentina

 “Quiero ser claro”, le dijo Paul Volcker a Jimmy Carter a mediados de 1979. El Presidente estadounidense lo había convocado al Salón Oval para ofrecerle el cargo de presidente de la Reserva Federal. A su lado estaba sentado William Miller, entonces titular de la Fed desde hacía un año. “Si usted me designa en la Fed estaré a favor de una política monetaria más dura que la del compañero”, le dijo Volcker a Carter, mirando a Miller. Su antecesor había subido las tasas pero sin evitar que la inflación pasara del 6% al 10% en meses. “Yo necesito alguien que cuide de la economía, de la política me encargo yo”, dijo Carter.

Volcker llevó la tasa de 10% a 20% en quince meses, en menos de un año la economía entró en recesión y la inflación cedió casi en el mismo tiempo. Cuando Volcker deshizo el camino -empezó a bajar las tasas-, ya era demasiado tarde: Ronald Regan venció a Carter a fines de 1980. El resto es historia mas o menos conocida.

Un relato menos explorado es el que ofrece el editor jefe de Economía de The New York Times, en uno de los libros de este 2019 -celebrado por The Economist, FT, y WSJ-, ‘La hora de los economistas: falsos profetas y libre mercados’, de Binyamin Appellbaum. El autor cuenta que la receta Volcker llegó a Carter luego del fracaso de varias intentonas de bajar la inflación pero sin éxito. Pero también Appelbaum describe el contexto justo en que Volcker aplicó sus políticas: pleno apogeo de las ideas de Milton Friedman, un economista de la Universidad de Chicago que sostenía que la cantidad de dinero explicaba la tasa de inflación y que en 1976 había ganado el Nobel por sus ideas.

A mediados de los setenta, en EE.UU., la inflación superaba el 10%. La oferta monetaria había aumentada 23% en los 50’s, 44% en los 60’s y 78% en los 70’s. “Cuando se levanten a la mañana quiero que se pregunten a ustedes mismos: ‘¿Qué puedo hacer hoy para aumentar la oferta monetaria?”, les dijo el asesor principal de Richard Nixon a Arthur Burns, presidente de la Reserva Federal, en 1972.

Tanto Nixon como Gerald Ford recurrieron a controles de precios y acuerdos de salarios en vez de subir las tasas para cortar la suba de precios. Ford habló en el Congreso sobre la conveniencia de que las personas plantaran sus propios vegetales en sus casas para bajar la inflación luego de invitar al mísmisimo Friedman al Salón Oval. “Hay una y sólo una manera de terminar con la inflación: emitir menos dinero”, escuchó el Presidente. Nunca le hizo caso.

Carter, que había hecho campaña diciendo “mi creencia es que la mejor manera de controlar la inflación no es escaseando la moneda sino haciendo crecer la economía”, arrancó sus dos primeros años con la inflación subiendo y pasó la barrera del 10%. La imagen del Presidente se deterioró tanto que llamó a Volcker, un economista que le dejó en claro qué haría desde el primer día. La inflación bajó del 14,8% anual a 3,8% en dos años.

Egresado de Princeton, Volcker se convirtió rápidamente en un referente para los mercados. También en una pieza clave de la burocracia y la arquitectura económica mundial. Cuando el equipo de Juan Sourrouille presentó el plan Austral en una reunión en el FMI, el mandamás del organismo, Jacques De Larosiere, se resistió a aprobar el programa heterodoxo de los argentinos. Pero una voz profunda se escuchó del fondo de la sala. “Yo estoy de acuerdo”. Era Volcker. De Larosiere lo siguió.

A las pocas semanas de lanzarse el Austral, Volcker subió las tasas. “Tengo dificultades con sus políticas”, le dijo Sourrouille. El plan para estabilizar la economía argentina se resentía. “Tiene razón -le respondió el estadounidense al ministro argentino-, pero no puedo cambiar la política antiinflacionaria de Estados Unidos”.

-¿Y ahora, qué hacemos?, insistió Sourrouille. “Habrá que navegar, muddling through (Traducción: chapotear en el barro)”.

En su reseña sobre Volcker esta semana en Bloomberg, el economista Tyler Cowen habló sobre las consecuencias no deseadas de la política de Volcker. “Entre ellas, la crisis de la deuda de América Latina”.

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