El sueño de ser reyes de América que se esfumó en un restorán de OnceDeportes 

El sueño de ser reyes de América que se esfumó en un restorán de Once

La pelota se va al lateral, a la altura de la mitad de cancha. Son los primeros minutos del Brasil-Perú y en La Conga, el restaurante de peruanos del barrio más peruano de todos los porteños, los clientes aplauden. Son palmas acompañadas de gritos, de festejo. La alegría nada tiene que ver con lo que muestran los televisores: a la familia de una de las mesas del medio se les acaba de romper un plato. Y eso, se dice aquí adentro, en las otras mesas, significa suerte. Lo que se cree que necesitan esta tarde. “Soñamos con ser campeones. Está difícil, pero los sueños están para eso, para cumplirse”, dice César, de Trujillo, con más de 10 años en Buenos Aires. “Si ganamos, vamos a juntarnos todos a festejar acá en Once. Y puede que hasta vayamos al Obelisco”, agrega Cristian, que llegó a la ciudad hace casi 30 años y tiene dos hijos argentinos. 

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Las sillas y mesas de La Conga están todas ocupadas. Serán más de 250 peruanos. Todo el mundo tiene una camiseta, o campera o un gorro con el escudo: los mozos, los clientes, las cajeras, los cocineros que se dejan ver desde el salón. Se sacan fotos y las comparten con sus familiares que están en Perú, que a la vez les mandan las suyas, desde sus casas o plazas en las que se juntaron a ver el partido en pantallas gigantes.

La gente esperó afuera para conseguir una silla en el bar. Foto: Germán García Adrasti.

El panorama en los cerca de 130 restaurantes de la comunidad en el país debe ser similar. Lo mismo en las villas 31 y 1-11-14, dos territorios muy poblados por peruanos. Afuera, sobre La Rioja, otros sesenta o setenta esperan por entrar. Lo miran detrás del vidrio, como pueden. Sobre la vereda está lleno de vendedores ambulantes, que ofrecen banderas, rosarios, bufandas, gorros. Sobre Pueyrredón y sobre Rivadavia también hay oferta ambulante de todo tipo. Otros tantos vinieron para retirar la comida y rajan a mirar el partido a sus casas. Los motoqueros y ciclistas de las aplicaciones no paran de ir y venir. 

Se grita el gol de Paolo Guerrero. La ilusión seguía viva. Foto: Germán García Adrasti.

Perú empieza presionando y el partido se juega en campo brasileño. “No queda otra, si los dejamos jugar nos pasan por arriba”, opina una limeña. Hay silencio en el lugar. Es nerviosismo puro. No solo porque están a un partido de ganar el primer título de su historia. Los peruanos, a diferencia de los argentinos, son más fanáticos de su Selección que de sus equipos. Esa ilusión dura poco: a los quince minutos Brasil ya gana uno a cero. Y hay más silencio. Se come y se bebe mucho, como si eso ayudara a combatir el mal momento. “El peruano se identifica mucho con su comida. Más estando fuera del país. Vienen y piden Cusqueña, Inca Cola (cerveza y gaseosa local), los platos autóctonos”, cuenta Julio, uno de los dueños de La Conga. Y agrega: “vienen buscando motivarse juntos, entre compatriotas, y comen la comida típica. Es cultura pura”.   

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Peruanos en el Bar la Conga del barrio de Once miran Final Copa America entre Brasil vs Peru. – FTP CLARIN ADR_4168.JPG Z GAdrasti adrasti

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Se estima que en Argentina viven cerca de 350 mil peruanos, convirtiéndose en la tercera colonia más grande del país, detrás de la paraguaya y la boliviana. Los primeros habrían llegado a la zona de San Telmo, de la mano de un policía peruano, del distrito de Comas, Lima, que les prestaba el dinero para el pasaje en micro y les facilitaba empleos a cambio de un porcentaje del sueldo. También les alquilaba camas de distintas casas que alquilaba. Fue a comienzos de los 90. A los años muchos se instalarían en Once, como manteros. Compraban ropa en La Salada y la revendían sobre Pueyrredón o Corrientes. Eso hizo que pasaran a preferir el barrio. Y se instalaron en conventillos, piezas y hoteles familiares de la zona.  

La desazón de un fanático de Perú sobre el final del partido. Foto: Germán García Adrasti.

Paolo Guerrero lo empata y por primera vez el restaurante entero se une para gritar “Perú, Perú”. Las parejas se besan, los hijos (muchos nacidos en Argentina) abrazan a sus papás. A alguno que otro se le ponen llorosos los ojos. Como si se le animaran a Brasil. Les dura poco. “Brasil es Brasil. Son monstruos”, dicen a los minutos, con el 2 a 1. Durante el segundo tiempo, lo mejor estará en las mesas: en los ceviches, los aeropuertos, los chicharrones de mariscos, las patascas y todo lo que los hace de los mejores del mundo en la cocina. Al final serán aplausos tibios, de resignación. Y seguirán comiendo como si fuera el mediodía. Afuera todavía hay gente esperando por entrar. Nada mejor que comer y tomar cerveza para calmar el dolor de la proeza que no fue.  

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