Vélez-Huracán: confesiones de una “final bastarda”Deportes 

Vélez-Huracán: confesiones de una “final bastarda”

Todavía late aquella final que tuvo de todo. Suspenso, lluvia, granizo, suspensión parcial, jugadas polémicas, un gol que merecía ser anulado. Y, sobre todo un halo de misterio que todavía lo envuelve

Sucedió el 5 de julio de 2009. Marcelo Benini -director del periódico El Barrio- investigó junto a Pedro Fermanelli -también periodista y docente- la trama oculta de aquel encuentro definitorio entre Vélez y Huracán, en el José Amalfitani. “La final bastarda” es el resultado. Este libro incomoda, aporta algunos indicios, muchas pistas y varias certezas sobre lo ocurrido aquel día bajo el cielo de Liniers. 

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Cuenta Benini: “Desde el pitazo final de aquel partido tuve la necesidad de saber qué pasó: lucía peor que una serie de fallos desafortunados. Huracán tiene un largo historial de perjuicios arbitrales, reconocido desde el mismo ambiente futbolístico, pero lo ocurrido la tarde del 5 de julio de 2009 fue atípico. Tanto que le costó la carrera al juez principal, Gabriel Brazenas. Más de una vez había pensado en investigar el tema, pero fui postergando la decisión. Hasta que en 2016 pude entrevistar al árbitro, que llevaba años recluido sin dar notas gráficas. Su larguísimo alegato, por momentos provocador, tuvo una enorme repercusión. Al mes siguiente estuve con Ricardo Casas, el asistente número uno y responsable también de un grave fallo. Sus contradicciones y evasivas me convencieron de darle vida al proyecto editorial: sentí finalmente que había una historia que debía ser contada. Luego de la publicación de estas entrevistas surgieron espontáneamente otros testimonios y pistas, que le dieron sentido al libro“.

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Fue una investigación relevante: más de 100 entrevistas presenciales, más 200 horas de audios. Contactaron a los personajes principales de aquella final: la terna arbitral, el cuarto árbitro, el veedor del partido, los principales dirigentes y jugadores de ambos clubes y la mayoría de los árbitros de esa época; también a periodistas. Hay voces en on y otras en off. Una reconstrucción bien desde las profundidades, como retrata Ezequiel Fernández Moores del el prólogo. 

Gabriel Brazenas, el árbitro, fue uno de los protagonistas centrales de aquella última fecha. Señala Benini: “Gabriel Brazenas era el árbitro favorito de Julio Grondona para la mayoría de los partidos decisivos, con la particularidad de que jamás dirigió un clásico. Nunca estuvo en un River-Boca, en un Independiente-Racing o en un San Lorenzo-Huracán, por ejemplo. En cambio lo designaron en cinco definiciones de campeonato de Primera y tres por el ascenso, que involucraban a clubes políticamente poderosos de la zona sur, sin rendir las pruebas físicas“. 

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Detalle sintomático vinculado a la cuestión: Brazenas lo invitó a pelear a Benini en uno de los encuentros a los efectos de ampliar sus testimonios sobre aquel partido que todavía dura. 

También Benini cuenta la voluntad del libro: “Esperamos que La final bastarda contribuya a entender lo sucedido el 5 de julio de 2009. Que en vísperas de un nuevo aniversario se reabra el debate y se intente llegar a la verdad. Hay un largo historial en el fútbol argentino de finales sospechadas de corrupción, puntualmente de amaño de partidos, pero nunca hubo investigaciones ni mucho menos sanciones a sus responsables. En Italia, en 2006, Juventus, Fiorentina y Lazio descendieron a la segunda división tras verificarse fraude deportivo en la liga italiana durante la temporada 2004-05, mediante la designación de “árbitros favorecedores”. Un caso similar al que abordamos en nuestro libro”.

Vélez ya ganó aquella cita decisiva. Pero la inquietud todavía tiene vida: ¿qué pasó?

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Fragmento del capítulo “El escorpión y la rana”, de La final bastarda.

Por si no le bastaba con hacerse notar dentro de las canchas, Brazenas se las ingenió para no pasar desapercibido fuera de ellas. Quizá como una forma de indemnizarse de las carencias de su infancia, se valía de los privilegios que obtenía del sistema para estimular una personalidad jactanciosa. La mujer de uno de sus mejores amigos del ambiente arbitral, cada vez que lo atendía cuando llamaba al teléfono fijo de su casa, le decía a su esposo: “Es para vos, te llamó yo-yo”.

En otra oportunidad estaba mirando un partido de tenis en el country Los Horneros, en Ingeniero Maschwitz. Allí Brazenas tiene desde 2001 una casa donde se instala todos los fines de semana. Al terminar el juego abordó a uno de los jugadores, vecino de él. Y tuvieron esta conversación: —¿Quién es el tipo contra el que estabas jugando? Nunca lo vi por acá.

—¿Qué, me vas a cobrar alquiler ahora?

—No, boludo, yo choreo bancos, no viejitas jubiladas. En serio, ¿quién es éste?

—Un tipo con el que voy a hacer un negocito.

—Ah, entonces no lo hagas.

—¿Por qué?

—Mirá, una pelota de él picó afuera y te la cantó buena, una tuya pegó en la línea y te la cantó mala. Y la que no te pudo chorear te dijo “vamos a jugarla de vuelta”.

—Vos sos un hijo de puta.

—No, yo vivo de esto. Se juega como se vive.

A los cinco meses, Brazenas se volvió a cruzar con su vecino.

—Gabriel, ¿podes hablar? ¿Te acordás de aquel tipo? Me cagó.

—¿Viste? Tengo la universidad de la calle.

Esa arrogancia a veces asomaba en circunstancias inesperadas. A cierto árbitro malogrado le tocó pitar, en Gerli, a El Porvenir contra un equipo de mucha historia en Primera, que circunstancialmente se encontraba en la B Nacional. Ganaba el local 1 a 0 y todo hacía presumir una nueva victoria para el club de Enrique Merelas, uno de los hombres poderosos de AFA e incondicional de Grondona. Pero, luego de un partido casi perfecto, ese árbitro tuvo la ocurrencia de adicionar cuatro minutos en vez de trapalonear, que significa hacer lo que recomienda el sistema. Cuando faltaban treinta segundos para que expirara el tiempo reglamentario, el conjunto visitante consiguió el empate en una arremetida. Ese descuido le costaría al réferi ser desterrado un año y medio en la B Metropolitana.

A los pocos días de caer en desgracia, el árbitro atendió un llamado solidario en su casa. Era Brazenas. El consejo post mórtem que le dio fue inolvidable.

—Hablé con Enrique y le dije que era injusto lo que te habían hecho. Pero él te pidió para que lo dirigieras. ¡Boludo, debiste haber cobrado foul a Dios!

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