Chile y la Argentina, tan cercanos, tan distintos,  y ejes de un debatePolítica 

Chile y la Argentina, tan cercanos, tan distintos, y ejes de un debate

La visita de Ricardo Lagos, ex presidente de Chile, para participar del nuevo ciclo de Democracia y Desarrollo, actualiza un viejo debate entre nosotros: ¿es el chileno un modelo a seguir, o al menos uno del que tenemos mucho que aprender, o conviene cuidarnos de idealizarlo y debemos advertir, ante todo, que muchas de las medidas que posibilitaron el rápido crecimiento de su economía en las últimas décadas aquí serían impracticables? Como suele suceder, hay un poco de las dos cosas.

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La economía chilena sacrificó pocos sectores de actividad, pocas empresas y puestos de trabajo, cuando decidió abrirse al mundo. Porque no existía nada parecido al amplio arco de actores industriales y de servicios, que con más o menos razón según los casos, reivindicaron y siguen reivindicando entre nosotros una economía cerrada, con todas las protecciones y los subsidios a ella asociados. Actores cuya adaptación y reconversión a un régimen económico más abierto sigue siendo hasta el día de hoy, en la mayor parte de los sectores de actividad, un desafío irresuelto.

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Chile padeció una dictadura muy prolongada, que violó sistemáticamente los derechos humanos de los ciudadanos, pero que también legó una economía estabilizada y se abstuvo de destruir el aparato administrativo, la capacidad de gobierno y de gestión de bienes públicos por parte del Estado. Mientras que nosotros no sólo padecimos las violaciones, también sufrimos un fracaso estrepitoso de las políticas de estabilización y la destrucción del control público sobre la propia burocracia estatal, que se reflejaría en adelante en la pérdida de eficacia del sector público para hacer casi cualquier cosa que intentara.

Así, mientras que el gran desafío de los demócratas chilenos fue encontrar la forma de ampliar muy paulatinamente los márgenes de libertad de sus gobiernos, para que con el tiempo fuera posible ir cambiando marginalmente la distribución del ingreso, ir ampliando el acceso de los sectores excluidos a servicios esenciales, y los márgenes de tolerancia y pluralismo en la sociedad y el sistema político; nosotros tuvimos amplios márgenes de libertad desde un comienzo, y los usamos, vaya si los usamos, intentando todo tipo de políticas y salidas, con fuertes volantazos en muy cortos lapsos de tiempo, pero fuimos descubriendo un poco tarde que la eficacia de todas ellas era limitada, cuando no completamente nula, porque carecíamos de las instituciones estatales básicas para hacerlas efectivas.

Así, por caso, del otro lado de los Andes los aumentos de presupuesto público para la educación han sido muy modestos, muy resistidos, y desesperantemente graduales. Pero han logrado de todos modos con el tiempo mejoras importantes en términos de un mayor acceso a educación de calidad para niños y jóvenes de hogares de bajos ingresos. Mientras tanto, de este lado de la cordillera, hemos visto cómo el presupuesto público para ese fin se incrementó fuertemente durante la década de los dos mil. Y sin embargo los indicadores de fracaso escolar, repitencia y evaluación de conocimientos mínimos no dejaron de empeorar, en especial para los sectores bajos. Conclusión: antes de gastar más dinero es imperioso que reformemos el aparato público que va a gestionarlo, de otro modo los resultados no serán los buscados.

La comparación más sugerente con nuestros vecinos trasandinos, de todos modos, tal vez no sea ninguna de las anteriores, si no el hecho de que en ambas sociedades y desde hace tiempo impera un similar malhumor con los políticos y la política, incluso cierta decepción con la democracia.

Esto obedece a algunos factores comunes. Por ejemplo, la corrupción y la falta de transparencia: aunque en Chile los índices de corrupción son mucho más bajos que en nuestro caso, los escándalos de ese origen se incrementaron en los últimos años, y eso alimentó reclamos airados de la sociedad por reformas institucionales, algunas de las cuales se han puesto en marcha recientemente. En la eventualidad de que decidamos conformar en algún momento un sistema público de lucha contra la corrupción, el ejemplo chileno, igual que el mexicano y el brasileño, pueden ser de utilidad.

Pero la desafección ciudadana tiene también raíces distintas en ambos países. Los ciudadanos chilenos tienden a pensar que los partidos y sus respectivos líderes se parecen demasiado entre sí, ninguno ofrece algo realmente distinto. Y ninguno se muestra capaz de resolver problemas de larga data, que se vuelven cada vez más intolerables con el paso del tiempo, como los enormes costos de la atención de la salud, del sistema universitario, o la violencia inherente a una muy rígida y tradicional sociedad de clases. Y se abre entonces el interrogante de si no surgirá en algún momento un aventurero que se lleve por delante el sistema de partidos, demasiado rígido para muchos, y vaya a saber qué instaura en su reemplazo. En cualquier caso, el reclamo a los partidos y los líderes parece ser que se diferencien, que sean más creativos en buscar respuestas para desafiar el statu quo.

Mientras que en nuestro caso la raíz del malhumor parece ser más bien la opuesta: que no cooperan por nada del mundo, que se desesperan por diferenciarse, en vez de por encontrar algún punto de acuerdo. Y que en esa dinámica no hayan logrado resolver problemas muy elementales: la estabilidad de la moneda, algún criterio orientador y mínimamente estable para relacionarse con el mundo, algún freno a nuevas y cada vez más graves formas de desigualdad y exclusión.

Más allá de la simplista discusión de “modelos”, idealizaciones que suelen ser de poca ayuda, hay como vemos tanto problemas en común, como diferencias aleccionadoras, una agenda muy variada para compartir, compuesta tanto de cuestiones que afectan a la calidad de la democracia, como a la economía capitalista y a su desarrollo. Y de eso se trata justamente, de aprender de nuestras diferencias tanto como de nuestras semejanzas, discutiéndolas.

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