Lucho Avilés: vida y obra de una de las figuras más polémicas de la historia televisiva argentinaEspectáculos 

Lucho Avilés: vida y obra de una de las figuras más polémicas de la historia televisiva argentina


Avilés fotografiado el 28 de septiembre de 1998 Fuente: Archivo – Crédito: Silvana Colombo

Una línea muy directa conectó el último acto de la vida de Lucho Avilés, que acaba de morir a los 81 años, con el episodio final de su larguísima historia como protagonista de fuertes, ruidosas y casi siempre desagradables peleas mediáticas.

Avilés fue una figura de alta exposición en el mundo televisivo argentino durante varias décadas y su protagonismo, marcado por picos muy apreciables de audiencia durante las décadas de 1980 y 1990, estuvo marcado por las controversias y los escándalos. Ese cuadro era la consecuencia natural del terreno que Avilés eligió para instalarse en el mundo del espectáculo: las revelaciones de la vida privada de los famosos. Fiel al nombre de uno de sus programas más populares, Avilés fue uno de los grandes cultores locales de la indiscreción.

Tuvimos en 2016 el registro más reciente de esa larga historia de controversias y peleas que en su caso parecían inacabables. Ese año, Avilés retomó un viejo y nunca resuelto enfrentamiento con Gustavo Yankelevich después de que éste reaccionara con dureza frente a una foto de Avilés, arma larga en mano, posando junto a un ejemplar muerto de jabalí, y acusara al conductor de maltrato animal. No teníamos demasiadas noticias de Avilés hasta que ayer al mediodía se desvaneció en pleno almuerzo con amigos en la sede de la Asociación Argentina de Caza y Conservacionismo, ubicada en la zona de los bosques de Palermo. Murió allí por un infarto masivo. Se estaba recuperando bien, al parecer, de la fractura de tres costillas, fruto de una caída en la calle.

Cuando se difundió la noticia en las redes sociales comenzó a trascender que en los últimos tiempos Avilés estaba empeñado en nuevos proyectos, aunque parece difícil asociarlos con el medio (la televisión) que lo hizo famoso. Cuando dejó su último programa, en 2012, parecía decidido a no volver allí. Había perdido el predicamento que supo tener a lo largo de muchísimo tiempo.

Una larga época en la que era el dueño y señor del cotilleo televisivo, tarea que había empezado de manera bastante seria y tradicional a fines de la década de 1960 y más tarde se convirtió en otra cosa: el tiempo de las peleas, los escándalos, las ironías y un modelo de divulgación de la intimidad de la farándula que sus continuadores llevan hoy a extremos insoportables. Algunos de ellos comenzaron sus carreras de la mano del conductor fallecido.

Con mucha velocidad y poquísimo apego a la verdad histórica, desde las redes sociales muchos se apresuraron a definir a Avilés como el “pionero” del chimento televisivo en la Argentina. Cuando llegó al Canal 11 de Héctor Ricardo García, entre 1969 y 1970, para ponerse al frente de Radiolandia en televisión, la TV de aire ya tenía historia en esa materia. Los verdaderos pioneros llevaban otros nombres: Jaime Jacobson, Mariofelia, la legendaria “Tía” Valentina, Lidia Durán, Conrado Diana y hasta un jovencísimo Nicolás Pipo Mancera. En ellos se mezclaba la información clásica del espectáculo (noticias y críticas) junto a las revelaciones de la vida personal de las estrellas desde los últimos tramos de la década de 1950 y los años siguientes.

Héctor Ricardo García trasladó a García desde las páginas de Crónica (donde escribía la columna de Entretelones de la farándula) hasta la pantalla de su canal y lo que sí patentó allí Avilés por primera vez fue el papel de villano en el mundo del chismorreo sobre la vida de los famosos (romances ocultos, infidelidades, separaciones, viajes clandestinos, proyectos frustrados). Enseguida lo bautizaron como el “señor Vinagre” por el modo sarcástico, a veces casi hiriente (aunque siempre en dosis moderadas si lo comparamos con la actualidad) en el que se refería a ciertos actos de determinados personajes.

En sus últimas aventuras televisivas, el propio Avilés elegía astutamente presentarse a sí mismo como “pionero”. En verdad era uno de los pocos sobrevivientes de aquélla fórmula que había logrado extender en su difusión cuando puso en marcha su exitosa carrera en TV. No quedaba otro, porque todos sus predecesores ya habían fallecido o estaban retirados, al igual que quienes lo acompañaron desde sus primeras apariciones: Susana Fontana, Leo Vanés, Pedro Marbán. De aquélla camada sólo seguía vigente Juan Alberto Mateyko, pero transformado en animador televisivo, muy lejos de aquél papel inicial.

Eso sí, había logrado construir un legado. Nombres que surgieron en sus programas, como Jorge Rial y Marcelo Polino, ya habían logrado el vuelo propio que tienen en la actualidad, llevando todavía más lejos aquélla fórmula mucho más irónica y desfachatada que Avilés había aplicado en reemplazo del viejo modelo de periodismo de espectáculos de sus comienzos. Lo que nadie pudo continuar es la costumbre de Avilés de armar ránkings muy comentados y temidos por los famosos: los “plomos”, los “disfrazados”, las “planillas satánicas”. Para salvar las formas, también en su momento instaló la lista de los más elegantes, en línea con su eterna costumbre de vestir muy bien y presentarse ante las cámaras siempre de manera impecable.

El personaje chimentero deslenguado, mordaz, cínico y muchas veces hiriente que representó durante buena parte de su carrera terminó imponiéndose sobre otro, seguramente mejor y mucho más digno, que también exhibió en la televisión. Avilés tuvo también una carrera de eficaz conductor televisivo, hábil y punzante en la observación de la realidad. En verdad así comenzó su carrera en la televisión argentina, en 1966, dos años después de radicarse en nuestro país (había nacido en Montevideo el 30 de abril de 1938), acompañando a Pinky en uno de sus éxitos, Feminísima.

Un año después fue por primera vez conductor único en un show musical del Canal 2 (Cámara 2), pero su primer éxito resonante lo tuvo en uno de los grandes experimentos televisivos de esos años: El juicio del gato. Allí, un famoso se sometía durante cinco días seguidos a una suerte de proceso con juez, abogado, fiscal, testigos y hasta un jurado de 12 personas, luego de ser acusado por algún comportamiento. Recuerda el libro Estamos en el aire que a Diana Maggi, por ejemplo, se la señaló como responsable del acto de “renunciamiento al amor por egoísmo” y a Soledad Silveyra de exhibir “una ansiedad desmedida por llegar a la fama”. Allí Avilés era el fiscal y, por añadidura, el malo de turno.

Esto ocurrió en 1969 y ese entrenamiento le sirvió a Avilés para poner en marcha desde un lugar de “malvado televisivo” su carrera como referente del mundo del chismorreo sobre los famosos. Pero en el medio supo volver, varias veces con su verdadero nombre (Luis César Avilés) en los créditos, al mundo de la conducción y la animación. Sobre todo al frente de varias temporadas de El público quiere saber (luego rebautizado como El pueblo quiere saber), otra idea de García que le permitió reencontrarse con Pinky. Ambos moderaban a un panel de personas anónimas convocadas en círculo para interrogar a algún famoso o figura popular del espectáculo, el deporte y la política. También condujo una temporada del clásico ciclo periodístico Derecho a réplica y otra de Polémica en el fútbol, y hasta llegó a integrar el primer equipo periodístico de 60 minutos, el noticiero insignia de ATC durante los tiempos de la última dictadura militar.

Con García inauguró su larga lista de peleas televisivas, cuando dejó Radiolandia en televisión para irse a Canal 9 con otro ciclo similar llamado Sintonía. Recién se reconciliarían en 1987 cuando García, ahora al frente de Teledós, lo llamó para comandar Astros y estrellas en televisión, programa en el que debutó Jorge Rial. Después llegó Indiscreciones, que instaló el modelo actual de ciclos de información sobre hechos de la farándula. Allí, con menos seriedad y mucha más ironía, empezó a hablarse todo el tiempo de la vida privada de los famosos. La idea original del noticiero del espectáculo, con críticas y comentarios sobre estrenos y lanzamientos, había quedado definitivamente atrás.

Indiscreciones fue la cumbre de la carrera de Avilés en términos de rating. Nunca registraba menos de 20 puntos en las planillas diarias de audiencia durante los mediodías de Telefé, a comienzos de los años 90. Pero junto al éxito llegaron los primeros roces con Gustavo Yankelevich, gerente artístico del canal. Avilés optó por mudarse de nuevo a Canal 9, donde durante toda esa década mantuvo la enorme repercusión de su ciclo.

Desde allí, como una suerte de desprendimiento de su inconcluso enfrentamiento con Yankelevich, puso en marcha un operativo de demolición constante de la figura de Susana Giménez, la gran estrella de Telefé, quien desde entonces se convirtió en una de las irreconciliables enemigas de Avilés, que mantuvo un enfrentamiento directo en 1992 con Huberto Roviralta, por entonces esposo de la diva. En el episodio Avilés recibió del ex polista un cachetazo y el vuelco de un vaso sobre su cuerpo.

En esos años se granjeó la enemistad de no pocos famosos. Uno de ellos fue Andrea del Boca, que le hizo juicio por revelaciones sobre la aparente fragilidad de su estado de salud. También debió afrontar cuestionamientos por supuestas irregularidades contractuales durante la última etapa de Indiscreciones en ATC, en el tramo final del menemismo.

Al comienzo de esa década había protagonizado otro escándalo ante las cámaras. En plena emisión de Indiscreciones irrumpió en el estudio Jorge Jacobson, antiguo compañero de Avilés en tiempos de Radiolandia en televisión. Mientras el programa seguía al aire, Jacobson le reprochó a Avilés haber tratado mal a una de sus hijas, lo calificó como “rata de albañal” y lo golpeó.

No fue el último enfrentamiento a las trompadas que tuvo Avilés con un ex colega. Avilés conducía por América Indomables, a comienzos de 2002, cuando desde ese programa se filtraron supuestas revelaciones de retiros de fondos previos a la aplicación del corralito por parte de varios famosos, entre ellos Rial, que también tenía su propio programa en ese canal. Se dijo que el conflicto entre ambos terminó a los golpes y con el alejamiento de Avilés, primer conductor que tuvo ese programa que sirvió como trampolín de la veloz carrera posterior del cuestionado productor Diego Gvirtz.

Fue el momento final de la carrera de Avilés en la TV abierta. Tardó unos cuantos años en regresar y lo hizo en el cable con un ciclo clásico de chimentos que llamó Convicciones. Allí hacía una autorrepresentación constante de su papel de “pionero” para reivindicar su lugar, pero en ese momento todas las versiones corregidas y aumentadas del modelo de programa que supo inaugurar ya lo habían superado. Se había quedado sin fuerzas para correr detrás de ellas o impulsar alguna nueva idea en ese mismo terreno.

De allí hasta el final se dedicó a la escritura y a la esgrima mediática, instalado todo el tiempo desde posiciones ideológicas conservadoras. Utilizaba su sarcasmo y la lengua filosa que lo caracterizaba para hacer algunos comentarios políticamente muy inconvenientes (una vez llegó a sugerir entre ironías que había que colocar bombas en las bolsas de residuos para que estallaran al contacto con los cartoneros) y a trenzarse de nuevo con figuras del medio, como Beto Casella y Yankelevich, a quien terminó acusando en medio de la discusión por la foto de cazador, citada al comienzo, de haberlo dejado sin trabajo.

Fervoroso amante del tango, estaba casado desde 1984 con María del Carmen Festa, con quien tuvo a su hijo único, Alvaro. Avilés sobrellevó numerosos contratiempos de salud y más de 30 operaciones. Tuvo complicaciones cardíacas, intestinales y un tumor en el pulmón. Había logrado sobrellevarlas hasta que la crisis cardiovascular que sufrió en el mediodía del sábado 8 lo derrotó definitivamente. Todo lo que dijo e hizo desde los medios seguirá abierto a la discusión. Lo único que no podrá cuestionarse es el éxito que la televisión le supo dar durante muchísimo tiempo.

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