Los 100 años de El Gráfico: un amor a primera vistaDeportes 

Los 100 años de El Gráfico: un amor a primera vista

La revista deportiva El Gráfico, que este 30 de mayo estaría cumpliendo 100 años, apareció en mi vida casi de casualidad. Estaba ahí, con su ya fecunda trayectoria, fama y prestigio en pleno crecimiento, oculta en los revisteros de un tiempo casi sin televisión de mediados de los años 50. Se diría que era como una tregua visual en medio de ese cadalso de tijeras y máquinas de arrasar piojos y pelos de los más pibes, en esos locales que por entonces llamábamos peluquerías, prehistoria lejanísima de las presuntuosas barberías cool de este tiempo.

Fue amor a primera vista. Tanto que la revista pronto pasó a formar parte de mi proceso de educación informal, con lugar rutilante en mis bautismales exploraciones de aquel desafío de asombros que significaba interpretar las primeras letras en un mundo sin pantallas y todavía sin escuela. La única competencia fuerte para mirar o leer en materia deportiva eran los diarios, que ya insinuaban sus suplementos deportivos, pero en un proceso muy en gestación del auge que alcanzarían algunos años después.

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De El Gráfico recuerdo primero sus fotos, en especial las de un partido bajo un diluvio bíblico, con los arqueros secándose las manos con toallas y las imágenes de insurgentes chorros de agua surgidos en las disputas por la pelota, con jugadores desdibujados por la intensidad del aguacero. Esas fotografías, nunca supe por qué, quedaron grabadas en mi memoria para siempre, como un espectáculo imposible, que le abría las puertas a mi imaginación y a mi amor por el fútbol, pasión con la que ya coqueteaba en los picados callejeros con la barra de amigos de la ex calle Tequendama, en Villa Devoto. Creo que esas imágenes corresponden a un partido entre Independiente y Boca, pero el detalle es apenas un dato menor de la estadística, antes que una huella en los sentimientos de un precoz lector.

Imagino que no fui el único de aquellas generaciones de posguerra que tejió esa complicidad de época con El Gráfico y los otros gestores editoriales de alegrías y aprendizajes que nos llegaban semana a semana, aun en hogares sin demasiados recursos. En ellos siempre había un pesito ahorrado para el revisterío que nos llevaría hacia un aterrizaje suave en las aulas de la escuela Primaria, ya disponiendo de una buena base de lectura, que las maestras completarían con “Upa”, un libro escolar que hizo época.

El Gráfico disponía de muy buenos socios para la lectura de la gente menuda y no tanto. Billiken, de la misma editorial, un emblema en toda Latinoamérica de revista educativa de calidad superior, mientras que la editorial Dante Quinterno presentaba las hazañas del cacique Patoruzú y sus padeceres con su padrino, Isidoro Cañones, porteño de sello argento, juerguero impenitente, pícaro y mujeriego. Después se fueron presentando los tenaces aventureros que escapaban como superhéroes en gestación de un mundo de prodigios y fenómenos, también de sencillas historias terrenales en busca de un poco de amor y felicidad. Todo ese desfile de queribles milagreros estaban allí, en las páginas de la colección Robin Hood, la de tapas amarillas, biblioteca colosal que nos llevó por el mundo sin movernos de al lado de nuestros abuelos, quienes nos relataban páginas enteras mientras nos entrenaban en el placer de la lectura, de la mano de los personajes prodigiosos de Julio Verne, Emilio Salgari, Oscar Wilde, Edmundo De Amicis, May Louise Alcott, Robert Louis Stevenson, Daniel Defoe, Carlo Collodi y una caravana interminable, con mayoría de brillantes escritores. Pero siempre, inevitablemente, se colaban entre ellos, casi con impertinencia, los héroes futboleros de carne y hueso que El Gráfico nos regala cada semana “en acción”, sobre todo con sus tapas históricas, en un principio de jugadores de todos los clubes, no sólo de los más vendedores, en poses bizarras, preparadas por artesanos de la imagen de aquel tiempo, consagratorias en el universo futbolero. También nos convocaban sus comentarios y análisis, tardíos a la mirada vertiginosa y a la inmediatez de hoy: la revista salía los viernes con el fútbol y otros deportes, para analizar lo sucedido el fin de semana anterior. Ni qué decir de sus láminas históricas, que pavimentaron paredes de bares y comercios varios por décadas, y hasta tuvieron como protagonistas a Carlos Gardel, Clark Gable y Johnny Weismuller, el histórico Tarzán de los años 30. Mi empatía por sus páginas creció con los años. Atravesó la infancia y la adolescencia y llegó intacta a la adultez. Pasé de lector a coleccionista y luego, ya como periodista profesional, a consultor de sus páginas y datos. Aun hoy recuerdo de memoria títulos y hasta epígrafes de un tiempo que marcó mis recuerdos de militante futbolero en los pasos iniciales de la vida.

La revista nació en 1919, durante la primera presidencia del radical Hipólito Yrigoyen, primer orfebre de la República de masas. A tal punto que la tapa inaugural de la revista mostraba en foto a toda página, según detalla el epígrafe, a “los alumnos de las escuelas públicas de la Capital desfilan ante el Presidente de la República”. El Gráfico salió a los quioscos porteños el 30 de mayo de aquel año, fundada por el mítico empresario Constancio C. Vigil, un talentoso editor nacido en Rocha, Uruguay, que con sus legendarios cuentos (La Hormiguita Viajera, Misia Pepa, el Mono Relojero, El Casamiento de la Comadreja, entre otros) pobló de fantasias nuestra infancia primera. Por entonces, como consta en la portada del primer número, la revista se identificaba como una “ilustración semanal argentina”. Y salía los sábados, con 12 páginas de fotografías y epígrafes aclaratorios, no siempre, sin que signifique esto un menoscabo al apenas embrionario estado de la profesión. De allí vino el nombre que haría historia: El Gráfico. Un detalle; rara vez el deporte figuraba entre los temas seleccionados. Recién en 1925, año que coincide con una histórica y exitosa gira de Boca por Europa, sin que el dato implique una relación de causa efecto, la publicación se especializó en el deporte y cambió progresivamente su formato: de la sábana inicial, similar a los diarios de ese tipo que luego serían sucesos editoriales en el país, pasó a un formato tabloide sin dejar de progresar hacia el estilo y el formato revistero.

Sus salidas al mercado, producto de los cambios tecnológicos, se fueron adelantando a los miércoles y luego a los lunes a la noche en los quioscos del Centro. La actualidad y las nuevas demandas del mercado llevaron a la revista, ya consagrada como clásico, a quemar etapas, una tras otra. Sus responsables intentaron cambios como los de sacar ediciones especiales con las biografías y hazañas de los grandes monstruos del deporte y acontecimientos especiales. Ese espíritu de afrontar los cambios hizo que entre noviembre de 1964 y diciembre de 1970, con un gran suceso inicial, lanzaran “Sport”, presentada como “la revista mensual de El Gráfico”, con papel ilustración, tamaño tabloide, fotos y dibujos espectaculares, toda una innovación en el mercado editorial de hace más de 50 años. Y durante el Mundial de Francia (1998), salió todos los días como “El Diario del Mundial”. Era tarde, desde dos años antes Olé se había transformado en el primer diario deportivo argentino y no dejaba de fagocitar su clientela. Fue una lucha despareja contra el tiempo y la historia. Un cambio de época inevitable que el viejo transatlántico de las publicaciones deportivas argentinas no vio venir: luego de un largo proceso de bien fundado apogeo, se estrellaba contra el iceberg definitivo. Ya había dejado su marca imborrable: llegó a una venta récord de 690.998 ejemplares cuando Argentina ganó el Mundial de México 1986. La segunda marca fue el Mundial de 1978: 595.924 revistas. Su promedio en los mejores tiempos estuvo siempre por arriba de los 100 mil números, con registros de más de 200 mil con los triunfos históricos de los equipos grandes, en particular Boca y River. Se mantuvo como publicación semanal hasta marzo de 2002. Desde entonces y hasta enero de 2019 salió como revista mensual. El empresario kirchnerista Cristóbal López ya manejaba los destinos y harapos editoriales de un prestigio ajeno. Cuando cayó preso bajo cargos de corrupción al abrigo del kirchnerismo, la historia grande bajó la persiana y muchos sentimos que se nos moría un tiempo que también fue nuestro. Y que dejó nombres históricos de periodistas y maestros del periodistas, que pavimentaron el camino de la profesión. También de otros laburantes del oficio que pasaron por sus páginas: Borocotó, Félix Daniel Frascara, Dante Panzeri, Osvaldo Ardizzone, Horacio Pagani, Ernesto Cherquis Bialo, Julio César Pasquato (Juvenal), Gustavo Beliz, Luis Vinker, Natalio Gorin, Ampelio Liberali, Diego Bonadeo, Hugo Mackern, Osvaldo Ricardo Orcasitas (ORO), Carlos Marcelo Thiery, Héctor Vega Onesime, Aldo Proietto, Daniel Arcucci, Elías Peruggino, Roberto Daniel Fernández, Eduardo Llana, Nicanor González del Solar, Carlos Irusta, Pablo Ramírez, Gonzalo Abascal, César Litvak, Adrián Maladesky, Diego Borinsky, Carlos Poggi, Carlos Ares, Horacio del Prado y tantos otros a quienes la memoria no alcanza. Todos ellos pueblan mi biblioteca en una colección incompleta, pero sólida: desde 1925 en adelante, año por año, a tres tomos por año, está allí el testimonio de una época del deporte argentino. Cada tanto, repaso algún número de algún tiempo que mi memoria convoca. Qué decirles. No es sólo un placer evocativo: es un golazo que la vida me regala, para recordarme que el partido sigue.

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