Los 100 años de El Gráfico: la pasión por el deporte que desapareció pero se resiste al olvidoDeportes 

Los 100 años de El Gráfico: la pasión por el deporte que desapareció pero se resiste al olvido

La web, las redes sociales, múltiples interacciones digitales, la TV y sus derivaciones, canales de cable. Un proceso de comunicación infinito. Para unir la pasión por el deporte y la necesidad de información, hoy el ¿consumidor? (me resisto a llamarlo así) dispone de múltiples opciones. Pero no era así antes, ni siquiera anteayer. Durante varias generaciones, esa pasión se construyó entre los relatos (familiares y de amigos) y lo que alimentó el periodismo escrito y radial. Y allí, hace exactamente un siglo, nació un motor de esa pasión, que unió al periodismo con el deporte: la revista El Gráfico, fundada por el inmigrante y emprendedor uruguayo Constancio C. Vigil. Entre la vorágine tecnológica y las vicisitudes socioeconómicas, dejaron la revista en el recuerdo. Pero un vibrante recuerdo. Para quienes fueron sus protagonistas, comenzando por generaciones de deportistas que crecieron soñando con “la tapa” de El Gráfico. Y por los hinchas de cualquier disciplina que solo aguardaban el día de publicación –primero el sábado, después se fue adelantando hasta el lunes- para llegar al quiosco y tener su ejemplar. Y también para periodistas, fotógrafos y diseñadores que fueron el corazón de un producto único.

En la tapa. El Gráfico retrató la creación de Bartolucci.

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Los que llegamos a ver El Gráfico desde la década del 60 en adelante no atendíamos a su época previa. Porque aquellos años 60 iniciaron una revolución empresarial, editorial y hasta deportiva. Se perfilaba el deporte como una industria del espectáculo, y El Gráfico pivoteaba sobre esa idea. El deporte de los 70 ya tenía a Vilas, a Reutemann y a Monzón como “superventas”, tenía al fútbol campeón mundial por primera vez a nivel de selecciones, ya no solo en el impulso de los clubes.

Sin embargo, El Gráfico de los tiempos fundacionales era completamente distinto. En primer término, no se trataba de una revista de actualidad (por cuestiones técnicas se producía e imprimía semanas antes) sino de “misceláneas”. Abordaba los temas más disímiles y que hoy nos parecen insólitos. Hasta ingenuos, si se quiere. Por ejemplo, encontramos una serie de notas extensas sobre “Exploradores del Africa”. O proezas de aviadores. Eran frecuentes las notas de consejos sobre salud, cuidados y educación física. Ejemplos de 1924: “Ejercicios para conservarse joven”, por McFadden. “Los peligros a los que se expone un boxeador por falta de entrenamiento”, por Olympian, o “¿Puede ud salvar a una persona que se está ahogando”. “Guía para adelgazar” o “Lawn Tennis: consejos para llegar a ser un buen jugador”. Pero también había notas que anticipaban lo que hoy llamaríamos periodismo de divulgación o información: “Los maravillosos atletas finlandeses ¿En qué consiste el secreto de sus éxitos?”.

Pedro Manfredini en la tapa de El Gráfico.

Las coberturas abarcaban esa temática diversa. Predominaba el fútbol, por cierto, que se perfilaba como el fenómeno popular. Pero también teníamos una cobertura de “La cacería del zorro”, organizada por el Club Hípico Argentino.

El Gráfico realizaba la cobertura de los principales sucesos deportivos. Cuando la Argentina debutó en los Juegos Olímpicos en París, en 1924, Aníbal Vigil marchó como enviado especial y sus artículos se publicaron durante varios meses. Allí retrató a nuestros primeros medallistas (la selección de polo) y describió la consagración del atleta Luis Brunetto en el triple salto. Realizó una crónica de cada final de atletismo. Y encontramos un reportaje titulado “Un pastor, campeón del mundo”, con la foto del velocista escocés Eric Lidell. Es la misma historia que más de medio siglo más tarde inspiraría la película Carrozas de Fuego. Apenas arribado a Europa, para una larga travesía, Aníbal Vigil cubriría el Cruce del Canal de la Mancha que intentarían algunos nadadores. Su primer despacho desde Calais, Francia, señalaba: “Hace cuatro días que me encuentro en Calais, esperando que algunos de los tantos campeones se decidan a tirarse al agua”.

Aquella amplitud temática se mantuvo por un largo período, aún cuando El Gráfico –que había surgido en mayo de 1919 como una revista de “información general”– se convirtió en específicamente deportiva a partir de 1925. Aparecieron sus primeras firmas famosas: Last Reason (Máximo Sáenz) y Chantecler (Alfredo Enrique Rossi), con su fútbol didáctico en secciones fijas: Entre Pitada y Pitada, Consultorio, de Sábado a Sábado. La primera de esas secciones se publica desde 1920: “Todo a veinte”, por Last Reason.

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Aún hoy impresiona cuando uno repasa aquellas coberturas. Por su profundidad, calidad de textos y la emoción que transmitían. Allí están, entre otras, como piezas invalorables, la cobertura del Firpo-Dempsey (el más grande acontecimiento deportivo vivido por un argentino en los 20), los Juegos Olímpicos de Berlin en la Alemania nazi del 36.

Hasta la década del 50, El Gráfico se basó en ese despliegue temático –promocionaba todos los deportes-, en el talento de sus pilares como Félix Daniel Frascara y Ricardo Lorenzo (Borocotó), en fotógrafos convertidos en verdaderos artistas y en columnistas fijos que fueron referentes de sus deportes: Alberto Salotto en atletismo, Free-Lance en rugby, Banda-Bow en remo (estos últimos llegaron a escribir hasta principios de los 80). Ricardo Lorenzo había arribado en 1926 desde Uruguay. Tenía sueños de periodista y recibió su apodo por el sonido del tamboril de las murgas montevideanas. Borocotó dirigió El Gráfico hasta su retiro en 1955, dejó –entre otras- sus memorables coberturas de ciclismo y sus tradicionales “Apiladas”. Con Frascara potenciaron la prosa y la descripción. El lema que bajaban a sus redactores: escribir mejor, cuidado estético, lenguaje preciso. Ambos –de distintas características personales- abrevaban en la literatura y en el arte, estimulaban en sus equipos el enriquecimiento cultural. Borocotó también tenía secciones fijas para las que adoptaba distintos seudónimos (De Gancho en boxeo, Lagunero en remo), lo mismo Frascara con Sobrepique (fútbol) o Contragolpe (boxeo).

Argentina campéon del Mundo 1978.

La primera de sus “Apiladas” se publicó el 25 de junio de 1932. Allí había sentencias, anécdotas, consejos, revelaciones. O un tango como “Volvé” dedicado a Cherro, el ídolo boquense: “Desde que te fuiste Del quinteto ando tan triste, si supieras Gano por casualidad” . Desde finales de los 50 y hasta 1962 dirigió un hombre que también figura entre los más relevantes del periodismo deportivo: Dante Panzeri. De una conducta humana y profesional rigurosa, también era extremo en sus planteos. Cuando la Revolución Libertadora sancionó a decenas de deportistas por presuntas simpatías con el depuesto gobierno peronista –y les impidió asistir a los Juegos Olímpicos de Melbourne- Panzeri era aún más drástico, reclamaba que no viaje nadie. Detestaba el fútbol “tacticista” que se expresaría en los planteos técnicos de Lorenzo o Zubeldía. Años después, su enfrentamiento con los dirigentes del fútbol fue frontal: “Lástima o asco” tituló una extensa columna (6 de diciembre de 1961) cuando denunciaba que “la corrupción sigue extendiéndose como cáncer”. Panzeri dejó obras importantes como “Fútbol, dinámica de lo impensando”, y denuncias sobre los excesos del profesionalismo. Inclusive tuvo la valentía de hacerlo cuando otra dictadura, aún más sangrienta, tomó el poder en 1976 (él se opuso a lo que consideraba un “despilfarro” con la organización del Mundial).

Pero la revista había decrecido en sus ventas –de un promedio de 230 mil, a 70 mil ejemplares a comienzos de los 60- y para la dirección editorial fue convocado Carlos Fontanarrosa, con una orientación (técnica y editorialmente) distinta. Fontanarrosa había pasado por El Gráfico como cronista de básquet pero, ya en la TV, era el productor de un popular ciclo, “Polémica en el fútbol”. Fontanarrosa le imprimió un giro total a El Gráfico, en lo empresarial, tecnológico y periodístico. Carlos Pasquato (Juvenal), Emilio Laferrandiere (El Veco) y Osvaldo Bramante (Osvaldo Ardizzone) se convirtieron en las firmas centrales. El equipo de periodistas ya contaba con quienes llegarían a su conducción poco después: Héctor Vega Onesime, Ernesto Cherquis Bialo (Robinson), Osvaldo Orscasitas (el querido e inolvidable O.R.O., uno de los precursores de la Liga Nacional de Básquet).

Fontanarrosa postulaba “que haya reportajes. Pero que también haya opinión. Y si hay más de una opinión, mejor”. “Me gusta la foto grande, pero también la foto chica”. Convivían aquellas crónicas, comentarios y análisis de Juvenal, El Veco o Ardizzone con la firma de un verdadero transgresor, Pepe Peña, el padre de Fernando. Juvenal, quien llegaba de La Razón, sintetizó lo que anhelaban los otros periodistas deportivos de su época: “Para mí, estar ahí era cumplir el sueño del pibe”. Introdujo el análisis técnico de los comentarios, acompañado por infografías que él mismo elaboraba. Comenzaba la era del color, del adelantamiento de la salida, de nuevos productos. Llegarían los coleccionables, la revista mensual Sport, los libros alusivos a cada acontecimiento. Aunque Fontanarrosa se alejó de la dirección –fue el creador de “Gente”– ese espíritu se mantuvo por un largo tiempo.

El Gráfico se convirtió en una de las principales revistas deportivas del mundo, a la altura de “Sports Illustrated” (EE.UU.) o “Kicker” por citar las más conocidas. En el ambiente deportivo, su opinión tenía el peso de L’Equipe o La Gazzetta dello Sport. Había un concepto de producción que se imponía semana a semana y podría citarse allí la primera reunión de Pelé con un jovencísimo Maradona, que gestionó el periodista Guillermo Blanco. Pero ya la TV extendía la popularidad del deporte, los diarios también lo contaban como un eje de ventas y potenciaban a sus suplementos deportivos.

Gaby Sabatini, un clásico en las tapas de El Gráfico.

En ese marco, El Gráfico alcanzó sus mayores números de venta con las finales de los Mundiales: 595.924 ejemplares con la victoria en el 78; 690.998 en el 86. Vivió hasta allí sus años dorados, por diseño y contenidos. Disponía de una red de corresponsales en los principales centros mundiales, cubría todos los eventos, organizaba, influía en decisiones sobre el manejo del deporte. Y celebraba a lo grande. Ya el número especial por el medio siglo (1969) se había agotado -300 mil ejemplares- una semana antes de instalarse en los quioscos. Para el 60° aniversario, en 1979, convocó a su fiesta en el Sheraton a estos nombres: Pelé, Muhamad Ali, Jesse Owens. El número especial exhibía en tapa, reunidos, a los más grandes deportistas argentinos hasta aquel momento: Fangio, Vilas, Demiddi, Porta, De Vicenzo, Furlong, Menotti, Lausse, Delfo Cabrera.

Maradona, campeón del Mundo 1986. Tapa de El Gráfico.

Todo cambió desde mediados de los 80. La historia es más cercana y conocida. La industria periodística ya tenía otros productos emergentes. La familia Vigil se fue alejando del sector editorial, El Gráfico pasó por otros propietarios (y se convirtió en un mensual), hasta su definitivo cierre, hace algunos meses. Pero queda entonces, desplegada en sus miles de páginas, en sus textos inolvidables que cubren un siglo, en el aliento de cada deportista, en aquellos que soñaron con su tapa y su protagonismo. Queda como una pieza obligada para todos los estudios sobre el periodismo deportivo, la prensa gráfica, el fotorreportaje. Queda como un destino obligado en cualquier investigación sobre la mayoría de las disciplinas deportivas. Quedan sus anécdotas increíbles (sobre todo en las coberturas o los sistemas de transmisión), quedan el talento de aquellas plumas, quedan sus imágenes, reflejando como pocos lo que fue el deporte argentino durante casi un siglo. Pero, básicamente, queda en el sentimiento de millones que a lo largo de ese mismo siglo esperaron semana a semana la foto, el comentario, los dibujos y los secretos que sólo El Gráfico podía transmitirles, desde el simple aficionado hasta el fanático coleccionista. Un fuego periodístico, un fuego deportivo. Un icono.

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