El triunfo de Tiger Woods revitaliza el mercado del golf profesionalEconomía 

El triunfo de Tiger Woods revitaliza el mercado del golf profesional

La reciente consagración de Tiger Woods en el Torneo de Maestros de Augusta –un verdadero “templo del golf”- fue un hechos que excedió largamente la esfera de su propio ámbito. No hay dudas que se trata de uno de los mayores acontecimientos deportivos de los últimos tiempos, tanto que fue capaz de unir en los elogio a dos personajes tan antagónicos como Donald Trump y Barack Obama. El presidente actual desparramó cuanto adjetivo pudo y le prometió a Tiger “la medalla presidencial”, mientras su antecesor definió: “Volver a ganar el Masters después de tantas altas y bajas es un testimonio de excelencia, agallas y determinación”.

Para Tiger Woods fue su 15ª. conquista de uno de los “Majors” del golf, pero el primero desde 2008 cuando había obtenido el Abierto de su país: desde entonces, pasaron 10 años, 9 meses, 27 días… Y las últimas temporadas, un verdadero calvario, entre escándalos personales y graves lesiones. Tanto que, hasta hace poco tiempo, Tiger aparecía como un personaje derrumbado.

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Tal vez en ese “retorno de los infiernos” resida ahora la clave de su grandeza. Y del impacto que provocó. Los principales medios no ahorraron adjetivos. Repasemos: “Es una de las más grandes hazañas de la historia del deporte”, tituló The New York Times. L’Equipe, en Francia lo calificó como “Gigante”. Para el Times, lo que sucedió fue “El milagro caminante”. Y The Guardian apuntó: “El retorno del rey”. Para The Telegraph “es el mayor regreso de un deportista a la cumbre, desde que Muhammad Ali recuperara su título mundial de boxeo”.

Tiger Woods, quien apenas meses antes había vuelto a la alta competición y cuyo nombre no figuraba entre los favoritos para Augusta, comenzó a decidir el torneo cuando llegó al mítico hoyo 12 del territorio de Augusta. Como describió Santiago Segurola en El País: “Añadió el factor humano, y el sufrimiento que eso significa, a su mística de campeón sin fisuras, casi invencible, un punto robótico. Más admirado que querido. Un predestinado que cambió la historia del golf antes de comenzar un desgarrador proceso personal. Su recuperación, más que dudosa en los peores años de su caída, confirma lo que todo el mundo sabía, que Tiger es el mejor golfista de la historia. Pero que ahora adquiere el sentimental valor del campeón que ha vuelto después de derrotar a sus demonios personales, el Masters que nadie quiere jugar pero en el que casi todos participamos”.

Tiger Woods obtuvo su primer Masters en 1997, con apenas 21 años de edad, y su escalada siguiente –hasta convertirse en el mejor golfista de la historia- era previsible. Sports Illustrated lo había proclamado “deportista del año” en Estados Unidos cuando no llevaba, siquiera, una temporada como profesional. Ya totaliza 81 títulos en el campo rentado (incluyendo los 15 grandes citados, a tres del récord de Jack Nicklaus) y ocupó el número 1 de la clasificación mundial por 683 semanas, algo seguramente inigualable por mucho tiempo.

Pero los problemas personales y, sobre todo las lesiones, fueron su calvario. Pasó por varias operaciones lumbares, tuvo que alejarse de la competencia y algunos hasta dudaron de que volviera a caminar normalmente. Hace dos años, aparecía en el puesto 1199 del ránking. El dolor lo llevó a la ingesta masiva de analgésicos. “Estaba desesperado por frenar el dolor. Y lo peor es que no sabía dónde me estaba metiendo”, recordó.

En mayo del 2017 lo detuvo la policía: lo encontraron dormido en su Mercedes, con el motor en marcha, en una autopista de Jupiter Island, Florida. Lo acusaron de conducir ebrio pero, en realidad, el análisis detectó la acumulación medicamentos. Lo multaron en 250 dólares y 50 horas de trabajo comunitario. Tuvo que someterse a un programa de desintoxicación. Volvió a los campos de golf a comienzos del 2018, pudo participar en las competencias relevantes y logró su primer triunfo en septiembre.

Tiger Woods, otra vez con la chaqueta verde.

Sin embargo, un Tiger eufórico –a quien sus hijos vieron ganar ahora y por primera vez en esta epopeya de Augusta- sentenció: “Tirar la toalla, no era parte de mi ecuación, hay que seguir luchando todos los días, frente a todos los desafíos. Siempre tuve la convicción de volver”. No le será tan sencillo, pese a su grandeza. Si antes su poder físico intimidaba, ahora la preparación física es común a todos los golfistas de elite. “Es así –admite- cuando empecé, apenas uno o dos íbamos al gimnasio. Ahora lo hacen todos”.

Según la estadística de Forbes, de fines del año pasado, Tiger Woods es el deportista más rico de la historia y su patrimonio se aproxima los mil millones de dólares. Pero sólo el 10% de sus ganancias corresponden a los premios oficiales de las competencias (tenía unos 110 millones, cantidad sólo superada por Roger Federer). La victoria en Augusta es recompensada con la célebre chaqueta verde y con un cheque de 2 millones de dólares. El monto importante de la fortuna de Woods viene por sus garantías de presentación o “fees” y contratos. Entre sus auspiciantes se cuentan Nike, Taylor Made, Bridgestone, Kowa y Hero Moto Corps.

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Su retorno a la actividad y su victoria en Augusta tendrá un efecto revitalizador sobre la industria del golf. “Es un efecto tsunami”, aseguró Rick Burton, de la Universidad de Syracuse, anticipando un revivir de “los ratings televisivos de los torneos de golf y la venta de equipos”. Las ventas de Bridgestone Golf, cuyo logotipo estaba en las pelotas de golf utilizadas por Tiger, subieron un 50% en la semana siguiente. Y hasta las acciones de Nike repuntaron inmediatamente en la Bolsa. La compañía había planeado un repliegue de sus inversiones en golf cuando Tiger no competía, pero ahora todo cambió. Y se agotaron todas las remeras rojas, similares a la utilizada por Tiger en su día de triunfo.

Rara vez habló Tiger Woods de todo esto. Asumió el triunfo como una redención personal: “Quería ganar por mis hijos, para que viera a su padre lograr un torneo grande. Hace un par de años no podía caminar, sentarme, acostarme. Lo único que sabían mis hijos del golf era que me causaba dolor… Ahora puedo jugar con ellos, participar en sus vidas. Espero que estén orgullosos de mí”.

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