Un poderoso film político que se abre paso en la cartelera gourmetEspectáculos 

Un poderoso film político que se abre paso en la cartelera gourmet


Una escena que se anticipó a las protestas de los “chalecos amarillos” en París Crédito: Mont Blanc

La guerra silenciosa, aún en exhibición, indaga con mucha actualidad las tensas relaciones entre las empresas y los obreros

No es del todo habitual que el cine contemporáneo se ocupe de asuntos políticos con el estilo de Stéphane Brizé: directo, concreto y al mismo tiempo capaz de abrir interrogantes sobre un presente europeo en el que crecen los problemas con el desempleo y las debilidades de los Estados para colaborar en la resolución de ese y otros problemas que afectan a la ciudadanía. El jueves pasado se estrenó en la Argentina La guerra silenciosa, la última película de este inquieto realizador francés, protagonizada por Vincent Lindon, un actor notable con cuarenta años de trayectoria que ha trabajado en otras películas del mismo director. La guerra sobre la que esta película pone el foco (el título original en francés es en En guerre) se desata entre un grupo de trabajadores a punto de ser despedidos e insensibles empresarios a cargo de una poderosa transnacional que solo piensa en aumentar sus dividendos.

Y tiene un tono realmente violento: cuando los obreros comprueban que detrás de la excusa de la “competitividad” se esconde la ambición evidente de hacer crecer las ganancias sin reparar en ningún costo, la bomba explota. Brizé sabe cómo contar las consecuencias de ese estallido con una energía arrolladora y muy contagiosa.
La guerra silenciosa es una película impactante. Difícil no quedar conmovido al verla. Empieza con una cita de Bertolt Brecht que sintetiza muy bien su espíritu: “Quien lucha puede perder; quien no lucha ya ha perdido”.

Nacido hace 52 años en Rennes, la coqueta capital de la provincia de Bretaña, Brizé empezó a hacerse más conocido internacionalmente con
El precio de un hombre (2015), otro largometraje de alto contenido político protagonizado por Lindon y centrado en el drama del empleo precarizado que recibió calurosos elogios en el Festival de Cannes. Más allá de las temáticas que viene abordando en esta etapa de su carrera (antes había dirigido películas más orientadas a los asuntos íntimos y una adaptación de una novela de Guy de Maupassant de fines del siglo XIX), dice no estar tan seguro de que el cine tenga una influencia decisiva en la realidad: “Filmar es más bien una forma de dar testimonio sobre algunas cuestiones -argumenta-. Pero ninguna película motivó una revolución, que yo sepa. Sí se puede dar cuenta del estado de las cosas. Y eso sirve para alumbrar y para que la gente esté alerta”.

Cuando estrenó
La guerra silenciosa, sin embargo, Brizé suponía que la película iba a generar una reacción inmediata en su país. No ocurrió. Hubo buenas críticas en Cannes, donde compitió por la Palma de Oro que se terminó llevando
Somos una familia, del japonés Hirokazu Koreeda, pero no se registró ninguna rebelión: “Aunque ahora suene ingenuo, pensé que al mostrar de manera cruda y directa tanta indecencia del sistema, alguna gente se iba a sublevar. Creo que me faltó humildad, porque no sucedió nada de eso. Seis meses después del estreno, el gobierno de Emmanuel Macron decidió aumentar los impuestos aplicados a la nafta y apareció el movimiento de los “chalecos amarillos”. Creo que esta historia sirve para relativizar aún más el poder real de los cineastas para transformar la realidad, como decía antes”.

Trailer de La guerra silenciosa

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Surgido en octubre pasado a partir de la agitación en las redes sociales, el movimiento de los “chalecos amarillos” fue caracterizado como una reacción espontánea, transversal y sin vocero oficial de ciudadanos perjudicados por el alza en el precio de los combustibles, los desajustes fiscales y la pérdida del poder adquisitivo. Tuvo su epicentro en Francia, pero sus ecos llegaron a otros países europeos: Bélgica, Alemania, Reino Unido, Grecia, Italia y España. “Hay un sentimiento en común porque la gente siente que la toman por estúpida -explica Brizé-. Muchos creen que están pagando las facturas de un sistema que los excluye, y esa desesperanza lleva al enojo y a la violencia, que en los medios tiene un tratamiento básicamente espectacular. Guy Debord ya decía en los años 60 que vivíamos en ‘la sociedad del espectáculo’, y hoy eso tiene plena vigencia. Esas imágenes de violencia callejera que se repiten todo el tiempo en los medios quedan vaciadas de su historia, del contexto en el que se producen. Las manifestaciones de los ‘chalecos amarillos’ son el resultado de años de maltrato, pero lo único que vemos todo el tiempo son imágenes de gente que rompe vidrieras. Eso es utilizado para estigmatizar. Las vidrieras rotas son mucho más fáciles de reparar que el desgaste social que produce el capitalismo”.

Aun cuando aclara que intenta liberarse de la influencia de todo el cine que ha visto para responder a sus deseos más íntimos cuando hace sus propias películas, Brizé confiesa su admiración para varios colegas, empezando por los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne. Con esos cineastas belgas siente una cercanía especial: “Comparto con ellos la idea de que los hombres podemos superar las limitaciones que pesan sobre nosotros”, resume. “Obviamente, la
nouvelle vague también fue importante para mí. Si bien eso no necesariamente se refleja en mi cine, yo crecí con las películas de François Truffaut y Claude Chabrol. Es un legado clave para mi generación. Pero también creo que hay un malentendido, sobre todo en Francia, donde se tiende a pensar que la
nouvelle vague equivale a filmar sin guión, librado a la improvisación y haciendo cualquier cosa con la cámara. Eso es una enorme distorsión. Hubo una revolución técnica que dio la posibilidad de llevar la cámara a la calle, pero los cambios a nivel dramatúrgico, por ejemplo, no fueron tantos, salvo en el caso de Jean-Luc Godard. Hoy pasa algo parecido con el avance de la tecnología digital, que nos permite tiempos más largos de rodaje porque bajaron muchísimo los costos. Y eso modifica el modo de producir películas. Pero en mi opinión, la última renovación estética en el cine fue la de Lars Von Trier con el Dogma”.ß

Stéphane Brizécineasta”Pero en mi opinión, la última renovación estética en el cine fue la de Lars Von Trier con el Dogma””Filmar es más bien una forma de dar testimonio sobre algunas cuestiones”

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