Mario Firmenich hoy, por María O´Donnell, autora de AramburuPolítica 

Mario Firmenich hoy, por María O´Donnell, autora de Aramburu

Mario Firmenich vive encerrado en el pasado. Vive, en verdad, en Vila Nova i La Geltrú, un pueblo catalán de montaña, que también parece detenido en el tiempo, a media hora de tren de Barcelona, en España. Lleva más de veinte años radicado en el exterior y sigue estancado en el mismo lugar, con la misma frustración que lo empujó a irse del país: imposibilitado de ser en la Argentina algo más que Mario Firmenich, el jefe de los Montoneros al que aún le piden que rinda cuentas.

En lo físico sigue muy parecido al Firmenich de los archivos, tanto al joven altivo de la década del ’70 como al hombre de mediana edad que en los ’90 fue indultado por el presidente Carlos Menem. Con el pelo corto, las cejas tupidas, la expresión adusta y un lunar prominente al costado izquierdo del labio, aún resulta fácilmente reconocible. Eso fue lo primero que me impactó cuando lo conocí, el 21 de agosto de 2017.

Había aceptado, por fin, compartir un almuerzo conmigo en un restaurante de la costanera de Sitges, una pequeña ciudad con vista al mar Mediterráneo, a pocos kilómetros de su casa. Firmenich entró al local y su presencia se impuso de inmediato.

Esquivo. Durante meses había ignorado todos los mails que yo le había enviado, como es su costumbre inquebrantable, desde hace muchos años, con cada pedido de entrevista que recibe. Firmenich eligió callar cuando se convenció de que su palabra sólo iba a servir para alimentar al círculo que lo perjudica. A mí me dijo que los medios han “fabricado” con su nombre y apellido a un personaje de “rasgos demoníacos” en el que él no se reconoce. Por eso huye de la prensa con la premura de quien se aleja de un precipicio.

También había esquivado mi acercamiento a través de su mujer, María Martínez Agüero, la madre de sus cinco hijos, con quien lleva una vida austera en un paisaje de montaña. Martínez Agüero sí se había prestado a que yo la entrevistara para el libro que preparaba sobre el crimen de Pedro Eugenio Aramburu y el origen de Montoneros. Firmenich sólo cedió gracias a la intermediación de un dirigente peronista a quien él no quiso defraudar, cuando supo que yo ya había volado a Barcelona.

Coordiné el encuentro con Martínez Agüero y coincidimos en que sería mejor si ella también participaba del almuerzo. Nos sentamos los tres a la mesa y la conversación arrancó con la actualidad argentina. Firmenich lee los diarios por internet regularmente y también le llegan noticias a través de cuatro de sus hijos, que eligieron vivir su vida adulta entre Buenos Aires y Córdoba.

A Firmenich, el máximo jefe de la guerrilla más poderosa de la década del ’70 en la Argentina, el rol de espectador de la política al que quedó relegado desde la recuperación de la democracia le produce frustración.

“Soy un político desocupado que se gana la vida como economista”, se describió.

Su futuro le preocupaba. Se acercaba su cumpleaños número 70 y eso significaba que en poco tiempo lo iban a retirar del puesto de la universidad catalana en la que enseñaba economía, pero no contaba con aportes suficientes en España como para aspirar a una jubilación. Volver a la Argentina, donde el pasado lo persigue, no era opción viable.

Para alivio de su familia, había decidido no exponerse a la posibilidad de que alguien lo insultara en algún lugar público: corría el riesgo de reaccionar y con su reacción alimentar a esa imagen que no lo despega de la violencia de otras épocas.

Vida clandestina. De joven su relación con el tiempo fue otra: todo en su vida ocurrió demasiado rápido. Egresó del secundario del Colegio Nacional Buenos Aires, donde había militado en agrupaciones de estudiantes católicos con el cura Carlos Mugica, a los pocos meses dejó la facultad, se conectó con grupos nacionalistas que simpatizaban con la revolución cubana, se sumergió en una vida clandestina y fundó una célula guerrillera que planificó el secuestro y asesinato de Aramburu.

La mañana del 29 de mayo de 1970, con 22 años y vestido con un uniforme de policía, Firmenich custodió una vereda de la calle Montevideo, en Barrio Norte, mientras que Norma Arrostito, con una peluca rubia debajo de su melena morocha y un arma en la cartera, fingía interés en las vidrieras de los negocios de esa cuadra. Los dos jefes del grupo, Fernando Abal Medina y Emilio Maza, subieron al departamento de Aramburu disfrazados de soldados. Sara Herrera, la mujer del general, les ofreció café, los dejó sentados en el living de su casa y se fue de compras. Creyó que eran enviados del Ejército.

Aramburu pasó sus últimos días de vida en el pueblo de Timote, provincia de Buenos Aires, en una estancia propiedad de la familia de Carlos Ramus, compañero del colegio secundario de Firmenich. A lo largo de tres días debió responder a un interrogatorio de esos jóvenes que habían conformado un “tribunal revolucionario” para juzgarlo.

Le reprocharon el golpe militar contra Juan Domingo Perón de 1955, del cual había sido protagonista; le reprocharon que durante su presidencia al frente del régimen de la llamada Revolución Libertadora hubiera prohibido al peronismo, sus símbolos y canciones (prohibición que seguía vigente en 1970); le reprocharon la desaparición del cadáver de Eva Perón (se ignoraba que estaba enterrada con un nombre falso en un cementerio de Italia); le reprocharon que hubiera ordenado el fusilamiento de Juan José Valle, un general que se sublevó en su contra; y le reprocharon la masacre clandestina de otros doce civiles en los basurales de José León Suarez. Lo sentenciaron a muerte, y lo mataron en un sótano.

La trama secreta. Firmenich sigue creyendo que fue un acto de reparación a la violencia que había sufrido el peronismo, que le dio sentido inmediato al nacimiento de Montoneros. “Un hecho fundacional se tiene que explicar por sí mismo. No debe requerir ningún tipo de explicación adicional. Los comunicados de nada sirven”, me dijo cuando almorzamos en España.

En su momento, los militares, los radicales y algunos peronistas repudiaron el crimen; otros peronistas, las agrupaciones de la resistencia y otras organizaciones guerrilleras le encontraron un sentido de justa revancha y se apropiaron del “Aramburazo”, el suceso que precipitó el final de la dictadura de Juan Carlos Onganía.

Perón se pronunció desde su exilio en España. Respondió a una carta que le hicieron llegar los Montoneros a través de Rodolfo Galimberti y aclaró que no tenía ningún reproche para hacerle a la guerrilla recién nacida de jóvenes peronistas. Al contrario, celebró su irrupción al escribir: “Encomio lo actuado”.

Han pasado cincuenta años y Firmenich sigue siendo el dueño de los secretos del magnicidio que sacudió al país. En el año 1974 dio una versión a “La Causa Peronista”, una publicación de Montoneros, que perdura hasta la fecha como la historia oficial. Dijo en aquel reportaje que Abal Medina fue quien mató a Aramburu, que Ramus distrajo al casero de la estancia y que él permaneció en la puerta de la casa principal, haciendo ruido con una morsa para tapar el sonido de las balas.

Si  todo eso es cierto, Firmenich no estuvo en el sótano y no fue testigo del momento en que Aramburu, con las manos atadas en la espalda, los ojos vendados y la boca tapada con una media, se adueñó de su destino y dijo: “Proceda”. Pero así contó la escena final en ·La Causa Peronista” y dejó planteada otra duda: ¿cómo pudo Aramburu haber dicho algo entendible si tenía la boca tapada con una media?

Firmenich escuchó que yo le hacía esa pregunta en un café al aire libre, sobre una peatonal de Sitges, al que nos trasladamos después del almuerzo. Tomó una servilleta de tela de color bordó que estaba apoyada sobre una mesa metálica redonda, la dobló en cuatro, se la metió en la boca y me dijo: “Pro-ce-da”.

Sonó un poco gangoso, pero le entendí perfecto, y entendí que Firmenich es una máquina de alimentar a ese personaje maléfico del cual reniega como si fuese una construcción que no le pertenece.

La historia oficial de Firmenich. A Ricardo Grassi, el director de “La Causa Peronista” y uno de los autores del reportaje a Firmenich del año 1974, hay detalles que nunca le cerraron de la versión oficial de Montoneros. Norma Arrostito también aportó su testimonio para aquella publicación, pero ella nunca pisó La Celma y sólo pudo dar testimonio del operativo del secuestro.

Según Firmenich, Abal Medina fue el único autor del crimen de Aramburu. Pero el cadáver apareció enterrado debajo de una capa de cal en el sótano de la estancia La Celma, en Timote, y la autopsia determinó que le habían disparado a corta distancia, en el corazón y en la frente, con dos armas diferentes. ¿Pudo ser la escena de un crimen con un único autor material?

Grassi publicó en el año 2015 “El Descamisado, periodismo sin aliento”, un libro en el que sostuvo que había encontrado a un nuevo testigo que podía llenar todos los huecos. Un integrante de Montoneros que estuvo en el sótano de La Celma y le ofreció su testimonio a condición de que no diera a conocer su identidad. Grassi lo bautizó el El Otro y cambió la escena final.

 En la nueva reconstrucción, Abal Medina disparó primero y como Aramburu no murió en forma inmediata, fue a buscar a Maza, que se encontraba en la estancia, aunque no quedaron rastros de su presencia en el relato de Firmenich. Maza, estudiante avanzado de la carrera de medicina, notó que Aramburu tenía signos vitales y se encargó del tiro de gracia que acortaría la agonía del general.

En “La Causa Peronista” Firmenich ya había mencionado a un cuarto “compañero” a quien nunca identificó con nombre y apellido. Con El Otro, Grassi le sumó una persona más y abonó la teoría del misterioso “quinto”, que circula entre ex Montoneros como una leyenda que despierta entre curiosidad y sospechas.

Firmenich lo desestimó:

-A ese se lo inventó. (El Otro) es un personaje de ficción.

– ¿Y el cuarto?

Firmenich me dejó entender que es un secreto que no piensa revelar.

Ignacio Vélez Carreras, integrante de la célula original de los cordobeses que participó del secuestro pero no siguió viaje hasta La Celma, coincidió con Grassi: debió haber sido Maza. Tenía sentido por la forma en que operaban: Maza era el jefe de los cordobeses, Abal Medina de los porteños, y entre se reconocía como pares.

-Si fuera así, ¿por qué razón lo ocultaría Firmenich?

-Porque ha hecho de él una construcción como el heredero directo de Abal Medina. Como si fuesen el hermano mayor y el menor.

Los dos primeros jefes de Montoneros murieron a los pocos meses del crimen de Aramburu; Abal Medina en una pizzería en William Morris, en Hurligham; Maza en el barrio de Los Naranjos, en Córdoba; ambos en enfrentamientos con la policía.

Firmenich ascendió velozmente a jefe de los Montoneros, cargo que preservó hasta que la organización dejó de existir por completo, a comienzos de la década del ’90. Salvo reportajes que con otra perspectiva le concedió al historiador Felipe Pigna, nunca aceptó retocar nada de su versión original sobre el crimen de Aramburu, que soportó mal el paso del tiempo.

Sin documentos. Las pruebas documentales del crimen se perdieron todas. La cámara con la que Abal Medina iba a tomar en La Celma fotos supuestamente se rompió. El grabador Geloso funcionó y los Montoneros registraron las jornadas del juicio en unas cintas que Firmenich quemó.

Le pregunté por qué lo había hecho.

—Las quemé para que no cayeran en manos del enemigo. Si las capturaban, las podían editar, podían hacer recortes, montajes, manipulaciones.

Desde muy temprano, Firmenich se había obsesionado por monopolizar el relato fundacional de Montoneros.

Más extraña fue su explicación acerca de qué había pasado con las anotaciones de Aramburu. Suerte de testamento político en el que, según Firmenich, el general calificó a sus captores como unos jóvenes de buenas intenciones, pero equivocados, e insistió con su teoría de que el régimen de Onganía debía terminar para dar paso a una transición que permitiera la reincorporación del peronismo al sistema político.

Esos papeles, me dijo, cayeron en un allanamiento a una quinta que ellos habían utilizado de depósito, y el general Alejandro Lanusse, entonces jefe del Ejército, los capturó para robarle a Aramburu la idea de ser quien condujera la apertura hacia la democracia.

Me volví de España con muchas dudas. Había una única cuestión en la que Firmenich había sido tajante. Quise saber si él había aprobado el operativo que Paco Urondo comandó en el año 1974 en el cementerio de la Recoleta: el robo del cadáver de Aramburu, ideado para forzar a Isabel Perón a repatriar el cadáver de Eva Perón, que había sido devuelto por Lanusse a Perón en España. Pareció una vuelta al origen, a La Celma.

Firmenich no pareció compartir esa idea. La explicación, en boca de quien había participado del crimen, sonó algo extravagante:

-Somos cristianos. Con los muertos no se jode. Los muertos descansan en paz.

Después de aquel almuerzo en Sitges me mandó un largo correo para anunciarme que no volvería a verme y me pidió, un poco exigió, que no escribiera el libro Aramburu, que se acaba de publicar, porque le negaría el derecho a vivir el presente y el futuro.

“La historia -me aleccionó- es la construcción continua de un devenir de acontecimientos que tiene asado, presente y futuro. Los periodistas funcionales a mi exclusión tratan a ‘Firmenich’ como ‘un personaje histórico’, es decir, alguien que ya no vive. Alguien sepultado. Alguien que no debe existir en el futuro de la historia”.

por María O´Donnell

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