Ciro Mansilla: de Paraná a Stuttgart, una historia de talento y superaciónEspectáculos 

Ciro Mansilla: de Paraná a Stuttgart, una historia de talento y superación


Ciro Mansilla, con 25 años, es solista en el Ballet de Stuttgart, prestigiosa compañía alemana; de visita en el país, dice que la danza y la lectura lo “salvaron” y que la meta es con uno mismo: “ser el mejor, por vos” Fuente: LA NACION – Crédito: Ignacio Sánchez

“¿Me das plata para ir al cíber que tengo que estudiar?”. Y así fue: se conectó a Internet, descargó un video de una variación del ballet
Giselle y, ya de vuelta en su casa, no paró de mirar la pantalla atentamente. “¿Pero vos no tenías que estudiar?”, le preguntó su mamá con suspicacia. “¡Y estoy estudiando!”. La anécdota es el primer mojón de una línea del tiempo que hoy, a los 25 años,
Ciro Mansilla puede llamar “carrera”; una viñeta que ilustra con gracia -él tiene de sobra- el momento en que su madre, maestra de danzas árabes, dejaría de lado cualquier duda sobre si las ganas de bailar del menor de sus dos hijos varones venían en serio. Lo que seguramente nadie imaginaba aquel día en la casa familiar de un barrio humilde, de monoblocs, en la capital entrerriana, es que podría llegar tan lejos: de Paraná a Stuttgart.

Vertiginosamente, el recorrido del joven bailarín argentino se aceleró en un año y es ahora en calidad de solista de la prestigiosa compañía alemana que está de paso por Buenos Aires. Esta noche bailará en Rosario, a instancias del Mozarteum, y la semana próxima será parte de la gala internacional de ballet que se presenta en el Teatro Oriente de Santiago de Chile, en Providencia.

Ataviado con un gorro de lana, llega al que fue el mítico estudio de Olga Ferri en una mañana de baja temperatura y alto tránsito en el centro porteño. No son parámetros para él, que ya se acostumbró al ritmo y el “clima” germánico, en más de un sentido. “Aprendí en estos meses que los alemanes son muy fríos en el primer momento, pero una vez que te abren los brazos no te sueltan más”, dice, mientras en su entorno lo cargan porque está más callado, algo distante. “A nivel intelectual y emocional sigo siendo el mismo, pero pasa que de a poco te acostumbrás a otra cultura”, advierte, aunque confiesa que en la calle, en Stuttgart, todavía se siente como si no supiera leer ni escribir: “Me manejo por imágenes y colores”.


Mansilla, en el Ballet Estudio, con la custodia de la mítica Olga Ferri desde la pared Fuente: LA NACION – Crédito: Ignacio Sánchez

Su historia personal se entreteje con un derrotero profesional que lo llevó de su provincia a la gran ciudad, primero, y más tarde hasta la compañía nacional de danza de Uruguay. Uno y otro eje compiten en atractivo, pero van juntos en un argumento digno de novela. Y justamente la literatura (como la danza) juega un papel determinante en su vida. Ciro cuenta todo esto en una conversación extensa, con soltura, mientras mueve las manos haciendo sonar sus anillos: el repiqueteo metálico acompaña el ritmo de un relato que incorpora palabras en inglés, en francés (el idioma del ballet) y una muletilla insistente: el “ta”, que se le pegó en Montevideo.

“Todavía no caigo -se ríe-. He trabajado muchísimo, pero yo creo que la meta es con uno: ser el mejor bailarín, por vos, independientemente de quién te vea y la compañía donde estás. Hoy me veo y me sigo criticando como cuando estaba en el Sodre, en Buenos Aires o en Paraná. Yo no hago esto por la plata; mientras pueda bailar, soy feliz, y siempre fue ese mi pensamiento. La danza me salvó el futuro porque podría haber terminado como los chicos de mi barra, que el que no está con su familia la mitad está preso o está muerto”. No hace falta que siga para entender que su infancia no transcurrió en un barrio tranquilo, pero continúa la anécdota y entonces llega el lugar de los libros. Ahora mismo, en su mochila, viaja un Lorca:
Bodas de sangre. “Mamá nos salvó con la lectura. Ella se iba a trabajar y no había plata para niñeras, así que con mi hermano nos quedábamos solos. Nos decía: ‘Van a agarrar este libro y se lo van a leer mutuamente’. Cuando volvía, nos hacía preguntas”. De esos días, a los 8 o 9 años, recuerda pocos infantiles, entre los que está el relato de Alex, un dinosaurio, ejemplar que aún conserva; más claro tiene que
Carrie, de Stephen King, lo volvió un fanático del terror; que le encantaban los cómics (especialmente uno de
Wolverine que siempre estaban releyendo), y que conoció a Saramago por
La flor más grande del mundo.

Sufrió bullying más por estudioso que por danzarín y aunque un día se cansó y terminó revoleando una silla en el aula en respuesta a aquello de “comelibros”, eligió pararse en la vereda de enfrente de la violencia que rodeaba ese vecindario oscuro, paradójicamente con nombre de Sol, donde creció. A veces, revela, evoca esas vivencias para componer personajes como Birbanto, en la escena de la furia de
El corsario.


El joven bailarín clásico argentino es actualmente solista en Stuttgart, Alemania Fuente: LA NACION – Crédito: Ignacio Sánchez

Despegar, cada vez más alto

A casi una década de haber llegado a Buenos Aires, becado por la asociación Arte y Cultura, la carrera profesional de Mansilla no resiste la metáfora del gran salto: no cae. En el Colón, dice, alcanzó apenas a ser refuerzo de la compañía, y se quedó trabajando con el Ballet Metropolitano, con el que realizaría una gira de Rusia que marcó a todos sus integrantes.

Un despegue importante haría cuando, en 2013, se presentó a una audición en el Sodre. “Y el 29 de enero de 2014 comencé a trabajar con Julio Bocca “. La fecha la dice de memoria y sin titubear, como quien recuerda una marca importante. “Julio siempre me dio muchas oportunidades y luego, también Igor Yebra. A él fue a quien le pregunté si podía ir a audicionar a Múnich”. ¿Múnich? No, no es un error, más bien una anécdota. Hace exactamente un año, Ciro Mansilla recibió un mail con una búsqueda para el cuerpo de baile de esa ciudad. “Algo me impulsaba, tenía que ir o me iba a arrepentir. Tomé la semana libre de agosto Montevideo, junté plata y [el productor] Juan Lavanga me dijo: ‘Yo te pago el pasaje, pero vos tenés que volver con un contrato'”, cuenta. El caso es que en el día uno en Múnich le dijeron que no estaban interesados y solo, en la plaza de la ciudad, con ganas de llorar juntó fuerzas para ir a tomar unas clases en Stuttgart, recomendado nada menos que por Marcia Haydée, que hacía poco había montado
Oneguin (su obra favorita) en Uruguay.


Mansilla, en un ensayo de la gala de esta noche en Rosario, con la bailarina Melisa Heredia y el maestro Mario Galizzi Fuente: LA NACION – Crédito: Ignacio Sánchez

En síntesis: que Tamas Detrich, el director de Stuttgart, lo haya visto en una barra y haya sacado un contrato de la galera tiene tanto de casualidad como de mérito.
Tarda en llegar y al final hay recompensa, frasea un himno del rock argentino. Ahora, Mansilla dice que “el ambiente allá es como una familia muy alegre, en la que todos se apoyan”. Y solo un agosto más tarde se emociona cuando recuerda que “32 días después” de ingresar a la compañía, tras hacer
La Bayadera, de Makarova, lo promovieron a solista. “Me había mentalizado que podía llegar a ese nivel en cinco años y que si trabajaba mucho podía algún día ser primer bailarín”. Hoy esa meta es mucho más cercana.


La música, y el hard rock en particular, otra pasión que el bailarín lleva en el cuerpo Fuente: LA NACION – Crédito: Ignacio Sánchez

METAL Y BALLET

Anillos metálicos y remera de hard rock. Cuando, hace un año, se fue a Alemania, dejó las guitarras como legado a la escuela de música donde estudiaba en Montevideo. Además de la eléctrica, la que más le gusta, del otro lado del río dejó varios amigos, que Ciro Mansilla visita cuando vuelve al sur. A propósito de su regreso al sur, esta noche se presentará en el Teatro El Círculo de Rosario. Y el 29 y 30 de este mes se estará con su compañera del Stuttgart Hyo-Jung Kang en
la gala internacional de ballet de la Fundación Cultural Providencia en Santiago de Chile. Diploma de mérito, aspira al Konex mayor en el año que los premios dedican a la clásica.

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